sábado, 27 de junio de 2020

Recordando a Genaro Martín, bodeguero de Santa Úrsula



Los aficionados a los gallos que han dejado de ir a las riñas de gallos (y son legión) añoran, tanto o más que la emoción o el esplendor de las propias peleas, todo el mundo peculiar, único e incomparable, que las rodea. Para los aficionados del partido Norte de la isla de Tenerife, ese mundo incluía, más que en cualquier otro partido, la cultura del vino y en particular la cultura de los “guachinches”. Antes y después de las peleas, y también, para quienes frecuentaban regularmente la casa de gallos, todos los días como el otro que dice, ellos marcaban presencia en tal o cual guachinche que primaba por su buena cocina y sobre todo por el vino del momento. A lo largo de la pretemporada y luego de la temporada, que era cuando los vinos mejor estaban, se asistía a una auténtica peregrinación por los guachinches, convertidos en efímeros templos de culto. Entre todos los guachinches del Norte había por excelencia una estrella fija que, si ya no era un guachinche propiamente dicho, conservaba todo lo esencial de esta categoría tinerfeña: el Bar de Genaro, en el número 20 de la estrecha y empinada calle Hilos de Santa Úrsula, ubicada a pocos kilómetros de la gallera del Norte. Podíamos ir a Julio el Pienso, al Piojo, a Casa Pillo, al 10 %, a Peraza, a José el del Cisco, al Remache o a tantos otros que a veces solo abrían cuando tenían el vino de la propia cosecha, pero la estrella fija era Casa Genaro.
No voy a describir físicamente a Genaro, porque ofrezco varias fotos donde él aparece, de las muchas que le hice. Genaro era un personaje inmenso, como pocos ya aparecerán en esta sociedad de la mediocridad generalizada. Su sentido del humor era imbatible, y bien se las hacía para despreocuparse de todo: si el Tenerife ganaba, decía: “¡Qué bien se portó mi Tenerifito!”, y si perdía: “¡Me alegro! ¡Para que corran, gandules!” En política era franquista (de ese franquismo popular que encontraba buenos argumentos en la corrupción política de la democracia, en la desmoralización social y en la subida vertiginosa del paro), pero recibía en su casa a los socialistas del Puerto de la Cruz, de quienes era muy amigo. A su casa iba el propio alcalde perpetuo de Santa Úrsula, a quien en una ocasión me presentó, poniéndolo en un brete, ya que lo que él quería era pasar tranquilo y desapercibido unas cuantas horas. “Voy a presentarte al Jefe del Pueblo”, recuerdo que me dijo, poniendo el alcalde, apoyado contra la pared, cara contrita. A mí me llamaba “el catedrático”, ya que todo aquel que diera clase en la universidad era para él catedrático (en este caso, además, no se equivocaba). Yo solía pincharlo, pero porque en muy poco tiempo creamos una amistad llena de respeto y estima. Espíritu socarrón, Genaro respondía siempre con su mejor genio. Y era una delicia oírlo desgranar el rosario de historias picarescas de la vida antigua de Santa Úrsula, con él no raras veces de protagonista. Hombre amañado y, como eran los canarios antiguos, de mil oficios si hiciera falta, también llegó a proyectar películas en el cine de su pueblo, recordando el día en que se abarrotó el cine para ver a la despampanante Silvana Mangano en “Arroz amargo”, cuando él sabía de antemano que en todas las escenas tórridas se habían metido las tijeras del censor.
El vino de Genaro ha sido para mí el mejor que he bebido en la isla de Tenerife. Principalmente era el de su propia cosecha y el de un bodeguero de las Toscas de Ana María, al que recuerdo en su casa varias veces, un hombre serio, alto y de cara colorada. Vinos perfectos, de mucho cuerpo y aún sin los estragos de los sulfitos ni de los tanques inoxidables. Hoy los mejores no alcanzan aquellas cotas. Genaro tenía la bodega en el sótano, donde estuve un par de veces. Y es que arriba, aunque el espacio ya estuviera modernizado, lo teníamos todo: una buena barra, un salón amplio, el vino y el papeo. Sobre este último, hay que decir que la cocina de Genaro era espléndida. Él mismo preparaba algunos platos, pero el sello de la casa lo daban su mujer y sus dos hijas, que lo tenían todo hecho un primor, para unos tiempos en que la higiene ya era una exigencia. Doña Angelina, la mujer de Genaro, era muy simpática, y lo “pinchaba” tanto como yo. Buen gastrónomo, Genaro pertenecía a la Peña Potaje de Coles, que hacía su comistrajes de vez en cuando, y a la que pertenecía otro de los sus clientes fijos, el prestigioso otorrinolaringólogo orotavense Pedro Eustaquio. Un par de veces al año aparecía en el periódico una foto de la peña, y en ella la figura inconfundible de Genaro. Si tuviera que recordar un plato de su casa, aunque compitiendo con las cazuelas, sería el pulpo que pescaba en el Charco del Negro y otros puntos de la costa de Santa Úrsula uno de los vecinos que jugaban allí a las cartas. Fresquísimo y en su punto perfecto, regado con el mejor aceite de oliva. Era habitual preguntarle a Genaro que con qué había cocinado el pulpo, la morena o el pescado fresco, a lo que respondía: “Con aceite de camión”. Así se bromeaba, ya que todos sabíamos que allí se manejaba lo mejor. Pero sería imposible hablar de Genaro sin señalar la costumbre que más lo distinguía: servir los vasos a los visitantes... y poner uno para su propio consumo. Bien se lo merecía todo aquello que él ofrecía (empezando por el recital de su propia persona), y quien no comprendía su desparpajo, que no volviera. Esto, claro está, era motivo de frecuente guasa. En cierta ocasión, Antonio el Crusantero y los cuatro amigos con quien salía en peregrinación báquica los fines de semana, entraron y le pidieron “una cuarta, para probar el vino”. Parece que aquella broma sí que no le gustó a Genaro, quien fingió ir a buscar el vino y salió empuñando el cuchillo de cocina, ante lo cual todos ellos traspusieron.
Aún estará guardado en su casa el Libro de Honor que tenía Genaro. Era como un Salón de la Fama de las islas y resto del mundo. Aunque no sabía leer, Genaro (hombre bastante más inteligente que la inmensa mayoría de los analfabetos estudiados que forman la sociedad actual) sabía dónde estaba la firma de un Jerónimo Saavedra, del capitán general de Canarias o de tal o cual artista popular. Varios aficionados a los gallos dejaron allí su testimonio, y recuerdo unas buenas palabras de Modesto Torrens, lo que nos lleva a entrar en materia gallística, que ya era hora.
Genaro no era un gran aficionado a los gallos, lo que además no se lo permitían los horarios de su negocio. Pero para empezar era compadre de Fariña, el administrador del partido Norte, con quien llegó a ir a Francia, viaje del que hacía un relato impagable, sobre todo de sus andanzas por París, aunque creo que si algo lo impresionó fueron las viñas de Burdeos (se me viene ahora a la memoria que Genaro tenía un hermano en Burdeos, que ya había fallecido, y cuyos hijos llegaron a visitarlo en Tenerife). Por aquella amistad con Fariña, supongo, Genaro hasta dio durante muchos años una copa al partido vencedor de la contrata con La Espuela, y yo lo saqué en el periódico entregándosela a Eduardo Pérez Ascanio, lo que evidentemente fue una fiesta. Por allí pasaba toda la afición del Valle: don Florencio el joyero de La Laguna, Eduardo Pérez Ascanio (padre e hijo), Luis Machado, Pepe Borges Acevedo (este iba todos los domingos a comer, con su familia), Pepe Rico, Lalo Mesa, Pedro Cabrera, Juan Díaz, Salvador Hernández, Palmerito, Felipe Reyes, Cecilio Acevedo, Pedro Rivero, Manolo Torres, etc., y, por supuesto, los galleros del Norte, recordando yo aquí perfectamente a Jorge Benítez, a Pablo Amador, a Paco Falcón y a Maso, este último cuidando en La Espuela en su última temporada, año de 1998.
Pero el mejor recuerdo gallístico de Genaro es para mí el de la jornada sensacional en que se desafiaron el Norte y Garachico, celebrada en el cuartel de San Agustín de La Orotava el 24 de mayo de 1992. Pablo Amador destapó aquel día el tarro de sus esencias gallísticas y derrotó a Garachico, donde estaban los mejores gallos de la isla, por 5-1, o sea mantilla rabona. Uno de los gallos, un colorado 4, 2 y medio casteado por Eduardo Pérez Ascanio, venía a nombre de Genaro, y yo recuerdo en mi vida pocos gallos que salieran de las manos del cuidador con tantas ganas de pelear. ¡Soberbio! Solo algunos gallos de su discípulo Quico Acosta y de Toño el Rebotallo he visto, en mis varias décadas de aficionado, que subieran a la valla con tanto deseo. Al preguntarle alguien a Genaro dónde tenía metido aquel terremoto, respondió: “¡En la bodega, bebiendo vino!”
Cuando no con aficionados que estaban en la casa de gallos, yo iba por Casa Genaro con mis amigos del Valle Tomás “Cho Pío” (que también era un ultra del Norte) y Nilo Palenzuela, dilecto colega con quien venía del trabajo lagunero parando allí para luego seguir él para la Cruz Santa y yo para La Orotava. No era infrecuente que llegáramos a beber el litro de vino o más, sin que nunca tuviéramos un solo problema en la carretera. Años después eso sería una utopía, teniendo que pagar, como en tantas leyes, los justos por los pecadores. En este sentido, Genaro tuvo la suerte de no ver los tiempos de miedo que siguieron. ¿Qué habrá sido de un personaje maravilloso que agarraba unas borracheras tremendas allí y que era tan educado como para hasta pedir disculpas por llamarse Lázaro? Otro de tantos canarios que en su vida solo hicieron trabajar, respetar, estimar y derrochar simpatía, mientras la sociedad se llenaba de parásitos.
Falta, en la galería de fotos que acompañan este memorial, alguna en que se vea a Genaro con su puro de costumbre, afición que compartíamos. Muchos le compré y algunos le regalé. Victimado por la diabetes, durante algunos años escapó a la amputación de la pierna, gracias a la buena labor del médico Domínguez, tacorontero y cosechero también. Al final, había que subir a verlo al segundo piso de su casa y el par de veces que lo hice le llevé un buen habano. Me apena no haberlo visitado algunas veces más.
Doy en seguida el enlace del espléndido homenaje que le hizo en su página Salvador García Llanos, dos días después de que Genaro falleciera, el 3 de julio de 2017, con 86 años cumplidos Se apreciará que lo llama erróneamente Genaro Gómez. Su equivocación es explicable y reveladora: Genaro era simplemente Genaro. No había otro. Ni podía haberlo.

*

En la foto con que abrimos esta nota, vemos a Genaro detrás de su mostrador, donde aparecen dispuestos los programas de las riñas de la semana y la hoja y el bolígrafo con que sacaba y, como señala con gracia Salvador García, “redondeaba” sus cuentas. La siguiente, en el Pabellón de Santa Úrsula, recoge el momento en que entrega a Eduardo Pérez Ascanio su trofeo, y es la que yo saqué en el periódico.


Si no me equivoco, esta otra foto con su trofeo en mano pertenece a la referida jornada en que Pola Vieja se despidió de los gallos, cerrando un historial fantástico desde que, a los 17 años, comenzara a aprender a fondo las artes gallísticas con Pancho el Músico, en el partido Laguna-Norte.


Genaro, con tres aficionados “clásicos” del partido Norte: Felipe Reyes, Antonio el Crusantero y Manolo Sánchez. En particular los “duelos” entre el Crusantero y Genaro eran antológicos, ya que eran personas de la misma raza.


Genaro con otros tres aficionados del Norte, ya desaparecidos: Luis López, Antonio el Calvo y Manolo Torres, este último un incondicional del bar de Genaro y amigo inolvidable:


Genaro con otro buen aficionado del Norte, Lalo Mesa, una excelente, bellísima persona, de la popular Villa de Arriba de La Orotava, desaparecido en abril de 2014. Era un gran aficionado a los pájaros, al igual que Pablo Amador, que Adolfo el Pichón y que otros gallistas. Junto a él, su mujer Amelia, que era (y es) un encanto y exquisitez de mujer. ¡Qué calidad humana ha encontrado uno en el mundo de los gallos! Me conmueve especialmente esta fotografía.


En el Bar de Genaro, tan popular, se daba cita también la élite cultural, y aquí lo tenemos, siempre bien dispuesto, con la entonces muy joven catedrática de Literatura Inglesa de la Universidad de La Laguna, la tacorontera profesora Beatriz Hernández:


Este era otro personaje de órdago: Gutiérrez. Tenía una tienda de ropa inverosímil, en plena calle Herradores de La Laguna, con mantas esperanceras a la puerta (aún utilizo la que le compré, hace unos treinta años). Se atravesaba un largo y angosto pasillo atiborrado de ropa a los dos lados, para encontrarse al fondo con él tras su mostrador, donde guardaba siempre una botella de vino para consumo propio y para invitar a algún amigo que por allí pasara, como era mi caso. El año que ocupé un ático en Herradores, a la hora del almuerzo nos veíamos en Maquila, cuando aún vivía don Antonio Cabrera, y comíamos en la mesa de los amigos, primer cuarto de los que componían aquella curiosa casa de comidas, comunicado con el bar y frente a la cocina. Gutiérrez los fines de semana recorría el Norte vendiendo ropa, y siempre paraba en Casa Genaro. Dos colosos.


Tras escribir este homenaje a mi amigo Genaro, encontré por puro azar esta foto suya fumándose un puro. Corresponde a una de las dos últimas veces que lo visité, llevándole uno (sin duda, un Condal Robusto, que era lo mejor que le podía ofrecer). Me congratulo por haber tenido la feliz idea de fotografiarlo en ese momento y por haberme ahora encontrado la foto, a última hora.


*


domingo, 14 de junio de 2020

Paco Falcón, Arucas, Güímar

Concluimos hoy la publicación de fotografías valiosas que se nos habían acumulado a lo largo de estos últimos años.
En la primera vemos a Francisco Falcón aún muchacho, seguramente en la gallera de Arucas o de Cardones. Cuidador con grandes temporadas en su isla y en la de Tenerife, “el Pollo de Arucas” es muy gratamente recordado, en particular, por toda la afición del Norte de Tenerife, no solo por las campañas excepcionales que hizo, sino también por su carácter afable, noble y sencillo que le granjeó allí todas las simpatías.


En segundo lugar tenemos esta imagen muy ilustrativa de lo que han sido los gallos en Canarias, ya que era rara una fiesta de verano en que no se celebraran al aire libre algunas riñas para disfrute de la gente popular. Eran sin duda tiempos menos hipócritas que estos. La foto corresponde a la romería de San Antonio Abad en Güímar, tierra de grandes tradiciones gallísticas, que han llegado incólumes al presente.


Aprovecho para dar otro ejemplo con este recorte de Falange del 20 de junio de 1954. La fiesta es en Arucas, y aunque la foto se ve muy mal, puede apreciarse a numeroso público ante el palenque improvisado en la plaza de León y Castillo.


sábado, 6 de junio de 2020

Nemesio Cabrera


A los 85 años, falleció Nemesio Cabrera, gran aficionado de la isla de Lancelot. Su nombre no aparece en el DGC, porque su tardía época de casteador solo cubre la última docena de años. Él vivía en Las Palmas, y es al retirarse a su isla cuando comienza a aparecer su nombre en las listas de casteadores. Yo llegué a hablar con él en ya no sé qué campeonato de casteadores, calificándolo en una nota dedicada al Pollo de Oro como “aficionado muy sabio y de toda la vida”. A la sazón reproduje esta foto, donde aparece con Oswaldo Betancort, Quico González y Pedro Chacón (estos dos últimos muy valiosos en las aportaciones que me dieron a la historia de los gallos en Lanzarote). Nicolás Lezcano, de quien era la foto, ha trazado esta semblanza suya:

sábado, 30 de mayo de 2020

Lope Acosta y otros casteadores de Tazacorte

Pasados no los años sino los siglos, casi que podría afirmarse que Tazacorte ha sido la patria por excelencia de los gallos canarios. Ahí han estado castas seminales desde al menos don Saturnino Pérez, que llevaba gallos increíbles a la catedral del Cuyás en los tiempos gloriosos del Músico. Y aún hoy es allí donde están los gallos más fieros y bonitos de Canarias.
Ya lo he dicho en alguna ocasión: es en Tazacorte donde debería haberse creado el Museo Gallístico de Canarias, al que yo hubiera donado, por ejemplo, la maravillosa cajita de espuelas que tenía el Músico, hecha por él mismo, con siete pares de huecos para insertar las armas de los gallos que peleaba en cada jornada.
Después de don Saturnino ha sido Lope Acosta el casteador emblemático de Tazacorte. Hoy lo recordamos con el artículo que le dedicó José Antonio Pulido en El Día, 24 de enero de 1991. Casteador y presidente de La Espuela algunos años antes, José Antonio Pulido escribió varias temporadas sobre las peleas en Tenerife, y realizó la última entrevista al Músico.


La siguiente foto me ha dado algunos quebraderos de cabeza.  Me la regaló creo que Arquímedes Acosta, y no está en el DGC (ya que la conocí con posterioridad a su publicación), pero sí aparece en la galería fotográfica de este blog. El personaje central es el que plantea problemas, ya que alguien me lo identificó como “Frasquito”, el gran corredor de Las Palmas que llegó a cuidar en la capital palmera entre 1951 y 1953. Al parecer, se trata de Manuel Martín, conocido como “Marruco”, que era marcador de plátanos de Tazacorte. Una foto más juvenil en una página de Tazacorte ofrece semejanza. A la izquierda está David Acosta (tío de Arquímedes y conocido como “Cascote”) y a la derecha Lope Acosta. Agachado, otro gran aficionado bagañete, Juan Miguel Lorenzo, conocido por “Catalino”. Se agradecería la confirmación de todo esto, y hasta puede que alguien sepa quién es el prócer de la fotografía enmarcada. Por desgracia, nadie parece interesarse por colaborar con estas notas sobre nuestra historia gallística.


Esta foto de Lope Acosta con dos de sus embalados también está en la galería fotográfica; añadamos aquí que son padre e hijo y que hicieron cada uno siete peleas cuidados por Toño el Rebotallo en sus años apoteósicos, que por cierto, desde entonces, nadie ha logrado igualar, ni ya se podrán igualar.


Remito a otra entrada del blog en que vemos a Nesmel Acosta y José Carlos García Artiles con dos descendientes del primer embalado, demostración palpable de que fueron gallos de tremenda casta.
Aún no he repasado este blog de Espuela y Fiscorno para saber con exactitud qué es lo que he ido publicando en él. De ahí que al hacer el artículo en homenaje a José Carlos García Artiles se me escapara que aquí mismo le había hecho una estupenda entrevista Fernando Ojeda, a la que ahora, encadenando temas gallísticos, aprovecho para remitir:
Y termino con dos fotos curiosas. Son de la Isla Bonita, pero sin que se precise de qué lugar de ella:



sábado, 23 de mayo de 2020

De cuando Antonio Hernández relanzó las peleas en Telde

El Eco de Canarias,
2 de marzo de 1974

Aunque desde 1963 Antonio Hernández y Maestro Andrés preparaban gallos teldenses para pelearlos en otras casas de gallos de Gran Canaria y de otras islas, solo en 1974 Antonio Hernández coge el toro por los cuernos, o el gallo por las espuelas, y empieza a celebrar peleas en el Polideportivo de Telde, con Maspalomas y Gáldar, que resultan multitudinarias. Al año siguiente, Telde abre su gallera con el Moño como cuidador, sucediéndole Anastasio, Marcos Melián, Garrincha, Arnoldo, Suso... Ya en 1974 la afición de Las Palmas se había desplomado en relación a las épocas de oro, y de hecho en 1988 se fundiría el partido de Las Palmas con el de Telde, para enfrentarse en buenas contratas con el de Arucas-Cardones. A Antonio Hernández se debe la gran época del partido conjunto, en un periodo que abarca el último cuarto del siglo XX. Por desgracia, asistió a las decadentes ligas cuadrangulares en que hasta había partidos que se repartían el botín sin tener que pagar gallera ni cuidador, y recuerdo que, al expresar su desazón por la baja estofa del público, le respondían que si no irían al López Socas cuatro pelagatos. El mismo fenómeno, por lo que me cuentan, está ocurriendo desde hace unos años en Tenerife.
Hoy reproduzco la entrevista de El Eco de Canarias en 1974, cuando aún los periódicos eran periódicos y no las hojas de coles que son hoy. Aprovechamos para recordar con algunas fotografías a este maravilloso aficionado y amigo entrañable. Un gigante de la afición teldense, grancanaria y canaria en general, ya que Antonio Hernández, por su personalidad y por sus finos casteos, era un nombre prestigioso en todos los rincones gallísticos del Archipiélago.

Con Anastasio Acosta. En Gran Canaria, por tradición,
es donde más generosidad a habido a la hora de los trofeos.

En Lanzarote, con Pedro Rodríguez e Ignacio Villalba

Con Machín, en los años en que uno y otro
eran los motores de las aficiones de
Telde y Arucas

Mesa de Campeonato, con Juan Manuel Moreno,
Francisco Reyes y Antonio Montesdeoca

Con Adrián Mederos, en Gáldar

domingo, 17 de mayo de 2020

Las pinturas de gallos de Alicia Lecuona



Hace 23 años exponía en la Casa del Vino de El Sauzal Alicia Lecuona Ribot una magnífica serie de 36 pinturas de gallos.
Hoy reproducimos el programa de la exposición junto a algunas imágenes que poseemos. Esta fina pintora tinerfeña ha declarado al respecto: “He pintado gallos de pelea porque me enamoró su plumaje, su porte y su gallardía, consiguiendo ser un animal muy especial”.
Encabezando estas líneas tenemos al “Gallo clásico”, del que comenta ella: “Destaca por su porte elegante, su colorido plumaje, su mirada inteligente y retadora, que lo hacen espectacular y atractivo. Y también enigmático”.
He escaneado también una nota de prensa, ya que la ilustra su cuadro sin duda más intrigante, con ribetes incluso surrealistas: Sombra y espíritu del gallo. Lástima no tener una reproducción a todo color.
Nunca mejor dicho de un gallo bonito, a la vista de estas piezas artísticas, aquello de que “parece una pintura”.







sábado, 2 de mayo de 2020

Juan Díaz, casteador de La Orotava

Juan Díaz, Teguise, Campeonato Regional

Lamentamos hoy el fallecimiento, el pasado miércoles, de Juan Díaz, aficionado excepcional y excelente amigo.
A lo largo de las últimas décadas, Juan Díaz fue uno de los mejores casteadores de la isla de Tenerife, siempre en el Norte hasta que la atmósfera de los gallos empezó a enrarecerse y él pasó a encerrar sus gallos en las galleras que le parecían más adecuadas. Juan Díaz sufría por sus gallos, y en nuestro último encuentro, no hace ni un par de años en la Villa de La Orotava, fruto del azar porque yo estaba enseñándole el lugar a un matrimonio francés, me mostró que seguía fiel a todo lo que siempre había sido. Otros muchos han justificado y hasta capitaneado la destrucción de las tradiciones gallísticas canarias, pero Juan Díaz siempre fue crítico con todos esos cambios, solo el amor a los gallos manteniéndole firme la afición, que desde hace años compartía con su hijo Juan Antonio, todo un caballero a quien durante mis años de asistencia a los gallos fue siempre un placer tratar.
Aquel día en La Orotava tuvimos que acabar nuestra charla, en una esquina de la plaza de San Francisco, a dos pasos de donde tantas peleas vimos, de manera precipitada porque mis amigos llevaban ya media hora esperándome (y él esperaba a su mujer, que estaba de compras, lo que le valió una de sus simpáticas ocurrencias bienhumoradas). ¿Habían transcurrido aquellos años, o no nos veíamos desde el anterior domingo de peleas? Haber dejado de ver con asiduidad a Juan Díaz, y a unos cuantos aficionados más, ha sido lo único que me ha dolido de mi abandono de la afición a los gallos.
Era Juan Díaz una persona apasionada y vehemente, con el exceso de vitalidad y la probidad de quien nunca hizo otra cosa que trabajar... y desvivirse por los gallos. Imposible olvidar su habla precipitada, su bigotazo aristocrático, su campechanía y sus cigarros habanos siempre echándole humo al mundo. Una vez, en uno de esos momentos exaltados por los vapores abundantes de los vinos del Norte que a todos tanto nos gustaban, le dije a Pedro Cabrera: “Juan Díaz es un hombre del pueblo”, a lo que me repuso: “Juan Díaz es un hombre del campo”. Era ambas cosas, y un hombre único, de los gallos y de los suyos.
Un abrazo a quien no ha hecho otra cosa que adelantársenos en el camino.

*

La siguiente galería fotográfica quiere servir como homenaje e incluye fotos ya conocidas (algunas han aparecido en este mismo espacio) y otras inéditas. En todas encontramos a Juan Díaz junto a otros aficionados, recordando lo que ha querido olvidarse con la plaga de los campeonatos de casteadores, calcados de América a partir del aciago año de 2001: que los gallos en Canarias fueron siempre fruto de la unión, de la solidaridad, de la amistad, y no del egoísmo y la vanidad del yo voy a lo mío.


Esta antológica foto fue sacada en la gallera de La Espuela cuando Julián Castillo la visitó, y es la más antigua que tengo de Juan Díaz, quien aparece el primero de pie por la izquierda. Siguen Agapito Ramos, Ángel y Luis Sánchez, Felipe López, Julián Castilloy José Antonio Pulido. En primer plano, Né, Eusebio Luzardo, Francisco Martín, Manuel Espejo, Jorge Benítez, Chicho Morales y alguien que nunca he podido identificar.


Publicada hace solo unas semanas, esta foto vuelvo a incluirla aquí porque es la que cronológicamente iría en mis archivos después de la anterior. Felices momentos en la gallera del Norte, con aficionados inolvidables.


Con otro de sus muchos trofeos parece aquí Juan Díaz, junto a Virgilio Pérez Vargas, Valentín Lorenzo, Marín Gómez, Álvaro González, don Antonio Álvarez, X, Cecilio Acevedo y Eduardo Pérez Ascanio. Año 2005.


Gallera del Norte, en una de sus habituales cuchipandas, con Antonio el Cenizo, Salvador Hernández y Pedro Cabrera.


En Los Llanos de Aridane, en los días del Campeonato Regional, año 1999. De nuevo con el Cenizo y Pedro Cabrera, más Palmerito, José Luis Melquiades, Eduardo de la Puente, los cuidadores cubanos Jova y Sierra, Julio Castellano, Juan Antonio Díaz y otros.


En la gallera del Norte, con Adolfo Santana el Pichón.


Con Manolo Sánchez, Jesús Yánez (que en ese año de 2002 cuidó el partido Norte), el boxeador López y Manolo Ruiz. Dos tinerfeños, dos grancanarios y un tinerfeño adoptado por la otra isla. En gallos nunca ha habido insularismo, como mucho una rivalidad inocente y sana.


Gallera del Norte, con Juan Díaz entre Pepe López,  Momo, Jorge Jova, Humberto Sierra y Juan Antonio Díaz. Año pues, de 1999.


Pechas navideñas en el Norte, con Palmerito, Felipe Pico Viejo, Platero, don Cecilio Acevedo y sus dos hijos, Juan Antonio Díaz, Suso Yánez, Salvador Hernández, Cesáreo Cáceres ("Sarín"), Antonio el Calvo, Felipe Reyes, Salvador Dorta... Diciembre de 2001.


Asistiendo a las peleas, con Paco Falcón en su retorno al Norte; a la izquierda, Pedro Rivero, gran aficionado lagunero.


En su terreno de La Florida, con su hijo Juan Antonio y Eduardo de la Puente. Fue un gran día con los gallos preciosos que Juan Díaz tenía y en que era imposible no recrearse.