De nuevo incluimos en nuestros miércoles gallísticos una brillante e interesantísima colaboración de “el Mazantini”. Si antes se ocupaba del “Patas Verdes” de Tazacorte, ahora lo hace del “Correlón” de don Pedro García Arocena, que se consagró con Domingo Prieto en Triana las temporadas del 60 y el 61. Aun en el 62 Israel Vargas y en el 63 Julián Castillo prepararían en el mismo partido grandes “correlones”, sin olvidar del propio don Pedro los “mata por ojo”. En el 60 le ganó sus dos primeras riñas el “Mata por ojo” original, que dejaba tuertos a sus contrarios para luego acabar con ellos.
miércoles, 31 de agosto de 2011
“El Correlón” de don Pedro García Arocena
El Mazantini
No es una exageración lo que voy a contar, y a las pruebas me remito. Hablo de un gallo de pelea que se llamaba “Correlón”, hijo de un colorado “Cola Larga” de cuatro peleas de don Nicolás Díaz de Aguilar, y de una gallina “Solimar” palmera regalada por don Antonio Falcón Santana a su compañero de partido don Pedro García Arocena. Los “solimares” eran gallos descubiertos por “el Foño”, que les puso el nombre de su hijo.
En el “Diccionario Gallístico”, página 334, leemos, al hablar de los “manzanitas”:
“Pancho casteó en Las Palmas el Manzanita, que se había traído de su segunda temporada en La Palma, con una gallina de Manuel Álvarez Peña, dando muchos manzanitas. Uno de los hijos, cruzado por Pedro García Arocena con una gallina de Antonio Falcón, dio la correlona vieja de García Arocena, de la que saldría, cruzada en los años 52 y 53 con el Cola Larga de Nicolás Díaz de Aguilar, el correlón legítimo de García Arocena. La minuciosa información que aportan García y Mesa en el certificado de raza y castío de una pollita nacida en 1979, añade que «las gallinas de Antonio Falcón regaladas a García Arocena provenían del Mascareño Patas Blancas de Pérez Ascanio, palmeros solimares misianes de Ramos Ferraz y cañones jerezanos nitros de José Villegas».”
Don Pedro tenía por costumbre hacer las echaduras en la azotea de su casa, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y posteriormente, cuando los pollitos eran más granditos, se los llevaba para su finca en el Norte, para después soltarlos en los campos.
Entre esos pollos sueltos estaba nuestro protagonista, un colorado de ojos negros, pico negro y espuelas negras. Después de la recogida de pollos a la edad de quince meses, ingresó en las filas del partido de Triana, cuidando por aquel entonces nuestro tristemente fallecido Domingo Prieto.
Veamos ahora sus peleas, que en la prensa de Las Palmas fueron comentadas por Montenegro (“Falange”) y por Martín Díaz (“Diario de Las Palmas”).
Primera pelea. 27 de marzo de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena de 3 libras y 14 onzas contra giro de Juan Ramírez López casteado por Antonio Falcón Armas de 3 libras y 13 y media onza. Una gran pelea. Dos gallos terribles. En este combate desenvainó las espadas el joselito para emplearlas a fondo; pero el colorado de García Arocena es muy mal enemigo, duro, espuelero y combativo, aparte de reñirse en condiciones magníficas. Chorreaba este animalito gran cantidad de sangre por una pata y a pesar de tan herido, dio siempre la cara a su terrible enemigo respondiéndole con sus perforantes armas para acribillarlo constantemente, hasta derribarlo en tierra sin que este hiciera por levantarse. Grandes aplausos resonaron en el circo al ser retirado el joselito y también muchos descontentos por considerarse un tanto precipitada la decisión del soltador, quien tan seguro estaba de que su gallo no habría de responder que no intentó probarlo entroncándolo con el adversario, cosa que siempre se hace, para satisfacción del público.
Segunda pelea. 24 de abril de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena con 3 libras y 15 onzas de una pelea contra colorado de Juan José Gonzáles Sintes casteado por los Señores Hermanos Falcón de 3 libras y 14 onzas y media. De los catorce gallos presentados en la 12 jornada de riñas, fue el colorado de don Pedro García Arocena el que más gustó. Fue el mismo gallo de la vez anterior: esquivador y espuelero. Las apuestas se inclinan por el de Triana. El de Triana acusa un cañazo en la pata izquierda. El trianero no da cuartel y hace trepidar a los aficionados en sus asientos. Las apuestas llegan 20-10 a favor del de don Pedro. Por último, fue retirado el joselito.
Tercera pelea. 15 de mayo de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena con 3 libras y 14 onzas y dos peleas contra colorado de Hermes Ortega Brito casteado por los señores Guerra y Martín de 3 libras y 13 onzas y media. La hazaña del castio de Pedro García Arocena deja boquiabierta a la afición. Dentro de un terrible “tú a tú” y de una emoción sin limites transcurrieron las riñas del domingo. Las apuestas están a favor de Triana. Pasan bien. El de San José es un gallo terrible, muy certero que causa gravísimas heridas al gallo que pretende el salto al generalato. Se teme por la vida del gallo de Arocena, mas aunque está muy destrozado busca su pelea, esquiva maravillosamente y poco a poco logra con sus recursos igualar la contienda. El público sigue sin pestañear sumido en la terrible emoción del forcejeo; el trianero está muy herido y se da por seguro que su rival al primer tiro que afiance puede dejarlo en tierra, pero él sigue haciendo su pelea con quiebros de cabeza y de cuello y de esta forma logra dominar a su oponente, que es retirado de la valla por su soltador cuando nada puede hacer por eliminar a un gallo que ha ganado con todos los honores el generalato.
Cuarta pelea. 29 de mayo de 1960. Por San José un giro de 3-12 del doctor don José Juan Mejías castío de don José Villegas Afonso. Pollo nuevo que había de enfrentarse nada menos que con el fenómeno de estos tiempos, con el colorado 3-11 y medio ganador de 3 peleas en esta temporada de don Antonio García Arocena castio de don Pedro García Arocena por el partido de Triana. Aquello fue una cosa terrible. Dos gallos soberbios. Pero aunque el pollo con toda su bravura no se resignaba a perder, no pudo contra los trucos de su práctico y habilidoso enemigo, que sabe escurrir el bulto e hincar la cabeza en el suelo en los momentos más precisos. La contienda fue rápida y el pollo sucumbió acribillado en lo que el diablo se estrega un ojo. Grandes aplausos para el gallo y el gallero. Al público le entusiasman las peleas rápidas y los gallos habilidosos. La verdad, es que con gallos de tal categoría y con un poquito de “buena preparación”, el triunfo está siempre asegurado, como ocurrió en este caso, aunque ganara San José las dos peleas restantes.
Quinta pelea. 2 de abril de 1961. Por San José, retinto de Fermín de Armas de peso 4-3 castío de los señores Hermanos Falcón contra el 4-2 y media con 4 peleas de Antonio García Arocena, castío de su hermano Pedro García Arocena. Pelea fantástica de gran emoción en el que el gallo de García Arocena destruye a su contrario desde la primera picada dejándolo “tirado” sin que pudiera valerse, en un tiro disparado por la espalda. Este gran gallo, por su arte guerrillero y por el empleo a fondo de sus mortíferos puñales desde que entra en batalla, es el mejor gallo que ha pisado la valla en los últimos tiempos y tan bueno como los mejores de cualquier época. A los 3 minutos le retiraron su rival acribillado aunque ofrecía dificultades el poder hacer blanco contra quien no ofrecía resistencia. La ovación del vencedor fue general. La enorabuena para los señores García Arocena, dueño y casteador de tal fenómeno.
Sexta pelea. 16 de abril de 1961. Martín Díaz refiere esta gran riña con todo detalle.
El Correlón –gallo de plumaje colorado, con 5 riñas en su haber y del castío de don Pedro García Arocena– figura ya con letras de buen tamaño en los anales gallísticos de Canarias. Su estilo de pelea y sus certeras estocadas concentraron la atención de los entendidos durante cinco encuentros que le hicieron ganar el generalato con calificaciones de sobresaliente. No faltaron, como es frecuente en estos casos –cada cual es muy dueño de pensar y opinar según su razón y conveniencia–, opiniones que pretendían establecer que el Correlón fue, más que un gran gallo, un gallo de suerte, en razón a que los enemigos que le fueron enfrentados no eran de calidad y por añadidura poco heridores, por lo que no se pudo comprobar la reacción del general al sentirse herido de verdad.
Ahora, frente al giro de 3 peleas del castío de José Villegas, la situación relativa al Correlón ha quedado, a nuestra manera de ver, completamente esclarecida. Cierto es que la brillante carrera del colorado ha sido parada en seco porque está en lo posible que no pueda volver nunca más a la valla, pero cierto es también que la difícil situación atravesada por este gallo pone de relieve de manera clara y precisa que el Correlón fue en todo momento un gallo extraordinario.
El anuncio de que el Correlón pretendía revalidar su fama de magnifico espadachín frente a un tres peleas del famosísimo castío de don José Villegas congregó más público de lo normal en la gallera del Cuyás. El lleno fue de los buenos y consecuentemente la expectación respondió al interés despertado ante un combate que bien podía catalogarse como el combate del año.
Cuando Domingo Prieto saltó a la valla con el colorado en la mano, sonaron no pocos aplausos en honor al gallo de García Arocena. El Correlón, como siempre, mostraba sus propias espuelas mientra que el giro ofrecía un par de postizos bien sujetos con las cintas de los colores del partido de San José. Las apuestas se inclinaban a favor del trianero y los joselitos pidieron momios, llegándose hasta la relación de 40 a 30, es decir, ofreciendo doscientas pesetas en el caso de que perdiera el de García Arocena y a cobrar ciento cincuenta si ocurría lo contrario.
Después del pesaje y limpieza de espuelas por parte de los soltadores Rafael Guerra y José Araña y después de que los galleros Domingo e Israel hicieron entrar en calor a los gallos, se efectuó la suelta correspondiente.
Por unos instantes pareció como si nadie respirase en la Gallera. Silencio y ojos en movimiento. Dentro del pecho los corazones de los aficionados revoloteaban presos del duro impacto que representaba semejante combate. La prueba era difícil para ellos y para los gallos. Tras las primeras fue creciendo la tensión hasta que de pronto surgió un “¡Fuerte pelea, Hermano!”. Un aficionado daba así rienda suelta a la enorme emoción que sentía.
El colorado se muestra más contundente en las embestidas, pero al poco tiempo inicia sus clásicos quiebros para desconcertar al fiero enemigo que se le enfrenta. Nos parecen sus movimientos más lentos que en anteriores encuentros; sin tiempo para considerar esto, el de Triana queda ciego del ojo derecho. Hay quien asegura que el gallo se ha herido él mismo, cosa difícil de apreciar, ya que el de Villegas no es manco, y aunque menos arriero que el general se muestra certero y deja constancia de sus espuelas y de su clase en el colorado.
Las apuestas se inclinan a favor del giro y los joselitos ven en puertas la gran oportunidad; no obstante, la suerte aún no está echada porque el Correlón se defiende y trata de nivelar la pelea. Lejos de conseguir frenar al de Villegas, la situación se le pone peor y la suerte juega en su contra y dos o tres gotas de sangre afloran en la arena. No es preciso más para que el ojo del aficionado se percate de la desgracia.
“¡El colorado tiene un cañazo!”–gritan. Efectivamente, el Correlón se ha herido con la espuela derecha en la cañera izquierda. La desilusión cunde entre los trianeros. Detenemos por un instante nuestra vista en Pedro García Arocena; sigue la riña como es habitual en él, sin pestañear, sin el menor movimiento, como si la sangre se le hubiese evaporado del cuerpo, pero eso sí, blanco como un cirio. Sin lugar a dudas su pensamiento se percata también de la gran tragedia que amenaza a su gallo.
Parece que la pelea está resuelta. El giro se mantiene entero y carga una y otra vez tratando de aventajar de manera definitiva. Ahora, más que al resultado de la pelea, los aficionados están atentos a las reacciones del general. Interesa saber hasta dónde llega en la dura prueba que está atravesando. Tras un ataque del joselito, el Correlón responde con certero revuelo y enorme clamor, esta vez dentro del ámbito de la gallera. Los trianeros han quedado paralizados, pues ven que el de García Arocena ha metido sus espuelas en las carnes del giro y que este acusa de manera ostensible la estocada. Inmediatamente, el Correlón busca recursos en la salida. Tras cada salida, entra con rabia; el joselito ha perdido bastante de su viveza inicial y se deja coger de buche en una de las embestidas, pero esta vez tiene suerte porque la estocada no fue certera.
Las salidas perjudican al Correlón; la pata juega y el hilo de sangre que sale por la cañera va dejando impresionante estela sobre la arena de la valla. “¡Ese animal terminará por entregarse!”, afirma alguien cercano a nosotros. Es el sentimiento que anida en cuantos saben las consecuencias de esta clase de heridas. Nuevo toma y daca y el giro cobra un puñalón en lo alto del matadero.
Un río de sangre va quedando tras el colorado. Las fuerzas han de fallarle de un momento a otro, pero resulta lo contrario. Ni las salidas ni la pérdida de sangre afectan gran cosa al general, y el de Villegas va perdiendo terreno, se muestra cansado. Nuevas salidas del trianero para revolverse ligero. Por unos instantes, el general parece loco. Corre con desesperación alrededor de los barrotes y a lo largo y ancho del coso. Se considera que el animal está a punto de entregarse y posiblemente de huirse. Ya no debe tener sangre, sin embargo vuelve al ataque. Los dos gallos están casi agotados. En el público hay quien pide tabla. Los de San José se oponen pensando que el Correlón va a caer en tierra de un momento a otro, pero ocurre que el giro canta un degüello y esto precipita la resolución final. Los soltadores acuerdan dejar en tabla la pelea y por lo tanto no hay vencedor ni vencido. El Correlón ha sido frenado en su brillante carrera, no sin antes demostrar que pertenece a una casta de gallos en la que se puede confiar plenamente. El giro de Villegas demostró también ser un gallo puntero; el solo hecho de bajarle los humos a un general ya es de por si una hazaña extraordinaria.
Descendencia y muerte del Correlón. Sus hijos fueron los “mauras” y “miuras” que sacó Agustín Cabrera Sánchez. Murió casteando con él, de la forma más injusta y cobarde, en el barrio del Polvorín, de una septicemia provocada por una pedrada que le habían dado unos chiquillos cuando estaba suelto con las gallinas.
No es una exageración lo que voy a contar, y a las pruebas me remito. Hablo de un gallo de pelea que se llamaba “Correlón”, hijo de un colorado “Cola Larga” de cuatro peleas de don Nicolás Díaz de Aguilar, y de una gallina “Solimar” palmera regalada por don Antonio Falcón Santana a su compañero de partido don Pedro García Arocena. Los “solimares” eran gallos descubiertos por “el Foño”, que les puso el nombre de su hijo.
En el “Diccionario Gallístico”, página 334, leemos, al hablar de los “manzanitas”:
“Pancho casteó en Las Palmas el Manzanita, que se había traído de su segunda temporada en La Palma, con una gallina de Manuel Álvarez Peña, dando muchos manzanitas. Uno de los hijos, cruzado por Pedro García Arocena con una gallina de Antonio Falcón, dio la correlona vieja de García Arocena, de la que saldría, cruzada en los años 52 y 53 con el Cola Larga de Nicolás Díaz de Aguilar, el correlón legítimo de García Arocena. La minuciosa información que aportan García y Mesa en el certificado de raza y castío de una pollita nacida en 1979, añade que «las gallinas de Antonio Falcón regaladas a García Arocena provenían del Mascareño Patas Blancas de Pérez Ascanio, palmeros solimares misianes de Ramos Ferraz y cañones jerezanos nitros de José Villegas».”
Don Pedro tenía por costumbre hacer las echaduras en la azotea de su casa, en la ciudad de Las Palmas de Gran Canaria, y posteriormente, cuando los pollitos eran más granditos, se los llevaba para su finca en el Norte, para después soltarlos en los campos.
Entre esos pollos sueltos estaba nuestro protagonista, un colorado de ojos negros, pico negro y espuelas negras. Después de la recogida de pollos a la edad de quince meses, ingresó en las filas del partido de Triana, cuidando por aquel entonces nuestro tristemente fallecido Domingo Prieto.
Veamos ahora sus peleas, que en la prensa de Las Palmas fueron comentadas por Montenegro (“Falange”) y por Martín Díaz (“Diario de Las Palmas”).
Primera pelea. 27 de marzo de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena de 3 libras y 14 onzas contra giro de Juan Ramírez López casteado por Antonio Falcón Armas de 3 libras y 13 y media onza. Una gran pelea. Dos gallos terribles. En este combate desenvainó las espadas el joselito para emplearlas a fondo; pero el colorado de García Arocena es muy mal enemigo, duro, espuelero y combativo, aparte de reñirse en condiciones magníficas. Chorreaba este animalito gran cantidad de sangre por una pata y a pesar de tan herido, dio siempre la cara a su terrible enemigo respondiéndole con sus perforantes armas para acribillarlo constantemente, hasta derribarlo en tierra sin que este hiciera por levantarse. Grandes aplausos resonaron en el circo al ser retirado el joselito y también muchos descontentos por considerarse un tanto precipitada la decisión del soltador, quien tan seguro estaba de que su gallo no habría de responder que no intentó probarlo entroncándolo con el adversario, cosa que siempre se hace, para satisfacción del público.
Segunda pelea. 24 de abril de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena con 3 libras y 15 onzas de una pelea contra colorado de Juan José Gonzáles Sintes casteado por los Señores Hermanos Falcón de 3 libras y 14 onzas y media. De los catorce gallos presentados en la 12 jornada de riñas, fue el colorado de don Pedro García Arocena el que más gustó. Fue el mismo gallo de la vez anterior: esquivador y espuelero. Las apuestas se inclinan por el de Triana. El de Triana acusa un cañazo en la pata izquierda. El trianero no da cuartel y hace trepidar a los aficionados en sus asientos. Las apuestas llegan 20-10 a favor del de don Pedro. Por último, fue retirado el joselito.
Tercera pelea. 15 de mayo de 1960. Colorado de Antonio García Arocena casteado por don Pedro García Arocena con 3 libras y 14 onzas y dos peleas contra colorado de Hermes Ortega Brito casteado por los señores Guerra y Martín de 3 libras y 13 onzas y media. La hazaña del castio de Pedro García Arocena deja boquiabierta a la afición. Dentro de un terrible “tú a tú” y de una emoción sin limites transcurrieron las riñas del domingo. Las apuestas están a favor de Triana. Pasan bien. El de San José es un gallo terrible, muy certero que causa gravísimas heridas al gallo que pretende el salto al generalato. Se teme por la vida del gallo de Arocena, mas aunque está muy destrozado busca su pelea, esquiva maravillosamente y poco a poco logra con sus recursos igualar la contienda. El público sigue sin pestañear sumido en la terrible emoción del forcejeo; el trianero está muy herido y se da por seguro que su rival al primer tiro que afiance puede dejarlo en tierra, pero él sigue haciendo su pelea con quiebros de cabeza y de cuello y de esta forma logra dominar a su oponente, que es retirado de la valla por su soltador cuando nada puede hacer por eliminar a un gallo que ha ganado con todos los honores el generalato.
Cuarta pelea. 29 de mayo de 1960. Por San José un giro de 3-12 del doctor don José Juan Mejías castío de don José Villegas Afonso. Pollo nuevo que había de enfrentarse nada menos que con el fenómeno de estos tiempos, con el colorado 3-11 y medio ganador de 3 peleas en esta temporada de don Antonio García Arocena castio de don Pedro García Arocena por el partido de Triana. Aquello fue una cosa terrible. Dos gallos soberbios. Pero aunque el pollo con toda su bravura no se resignaba a perder, no pudo contra los trucos de su práctico y habilidoso enemigo, que sabe escurrir el bulto e hincar la cabeza en el suelo en los momentos más precisos. La contienda fue rápida y el pollo sucumbió acribillado en lo que el diablo se estrega un ojo. Grandes aplausos para el gallo y el gallero. Al público le entusiasman las peleas rápidas y los gallos habilidosos. La verdad, es que con gallos de tal categoría y con un poquito de “buena preparación”, el triunfo está siempre asegurado, como ocurrió en este caso, aunque ganara San José las dos peleas restantes.
Quinta pelea. 2 de abril de 1961. Por San José, retinto de Fermín de Armas de peso 4-3 castío de los señores Hermanos Falcón contra el 4-2 y media con 4 peleas de Antonio García Arocena, castío de su hermano Pedro García Arocena. Pelea fantástica de gran emoción en el que el gallo de García Arocena destruye a su contrario desde la primera picada dejándolo “tirado” sin que pudiera valerse, en un tiro disparado por la espalda. Este gran gallo, por su arte guerrillero y por el empleo a fondo de sus mortíferos puñales desde que entra en batalla, es el mejor gallo que ha pisado la valla en los últimos tiempos y tan bueno como los mejores de cualquier época. A los 3 minutos le retiraron su rival acribillado aunque ofrecía dificultades el poder hacer blanco contra quien no ofrecía resistencia. La ovación del vencedor fue general. La enorabuena para los señores García Arocena, dueño y casteador de tal fenómeno.
Sexta pelea. 16 de abril de 1961. Martín Díaz refiere esta gran riña con todo detalle.
El Correlón –gallo de plumaje colorado, con 5 riñas en su haber y del castío de don Pedro García Arocena– figura ya con letras de buen tamaño en los anales gallísticos de Canarias. Su estilo de pelea y sus certeras estocadas concentraron la atención de los entendidos durante cinco encuentros que le hicieron ganar el generalato con calificaciones de sobresaliente. No faltaron, como es frecuente en estos casos –cada cual es muy dueño de pensar y opinar según su razón y conveniencia–, opiniones que pretendían establecer que el Correlón fue, más que un gran gallo, un gallo de suerte, en razón a que los enemigos que le fueron enfrentados no eran de calidad y por añadidura poco heridores, por lo que no se pudo comprobar la reacción del general al sentirse herido de verdad.
Ahora, frente al giro de 3 peleas del castío de José Villegas, la situación relativa al Correlón ha quedado, a nuestra manera de ver, completamente esclarecida. Cierto es que la brillante carrera del colorado ha sido parada en seco porque está en lo posible que no pueda volver nunca más a la valla, pero cierto es también que la difícil situación atravesada por este gallo pone de relieve de manera clara y precisa que el Correlón fue en todo momento un gallo extraordinario.
El anuncio de que el Correlón pretendía revalidar su fama de magnifico espadachín frente a un tres peleas del famosísimo castío de don José Villegas congregó más público de lo normal en la gallera del Cuyás. El lleno fue de los buenos y consecuentemente la expectación respondió al interés despertado ante un combate que bien podía catalogarse como el combate del año.
Cuando Domingo Prieto saltó a la valla con el colorado en la mano, sonaron no pocos aplausos en honor al gallo de García Arocena. El Correlón, como siempre, mostraba sus propias espuelas mientra que el giro ofrecía un par de postizos bien sujetos con las cintas de los colores del partido de San José. Las apuestas se inclinaban a favor del trianero y los joselitos pidieron momios, llegándose hasta la relación de 40 a 30, es decir, ofreciendo doscientas pesetas en el caso de que perdiera el de García Arocena y a cobrar ciento cincuenta si ocurría lo contrario.
Después del pesaje y limpieza de espuelas por parte de los soltadores Rafael Guerra y José Araña y después de que los galleros Domingo e Israel hicieron entrar en calor a los gallos, se efectuó la suelta correspondiente.
Por unos instantes pareció como si nadie respirase en la Gallera. Silencio y ojos en movimiento. Dentro del pecho los corazones de los aficionados revoloteaban presos del duro impacto que representaba semejante combate. La prueba era difícil para ellos y para los gallos. Tras las primeras fue creciendo la tensión hasta que de pronto surgió un “¡Fuerte pelea, Hermano!”. Un aficionado daba así rienda suelta a la enorme emoción que sentía.
El colorado se muestra más contundente en las embestidas, pero al poco tiempo inicia sus clásicos quiebros para desconcertar al fiero enemigo que se le enfrenta. Nos parecen sus movimientos más lentos que en anteriores encuentros; sin tiempo para considerar esto, el de Triana queda ciego del ojo derecho. Hay quien asegura que el gallo se ha herido él mismo, cosa difícil de apreciar, ya que el de Villegas no es manco, y aunque menos arriero que el general se muestra certero y deja constancia de sus espuelas y de su clase en el colorado.
Las apuestas se inclinan a favor del giro y los joselitos ven en puertas la gran oportunidad; no obstante, la suerte aún no está echada porque el Correlón se defiende y trata de nivelar la pelea. Lejos de conseguir frenar al de Villegas, la situación se le pone peor y la suerte juega en su contra y dos o tres gotas de sangre afloran en la arena. No es preciso más para que el ojo del aficionado se percate de la desgracia.
“¡El colorado tiene un cañazo!”–gritan. Efectivamente, el Correlón se ha herido con la espuela derecha en la cañera izquierda. La desilusión cunde entre los trianeros. Detenemos por un instante nuestra vista en Pedro García Arocena; sigue la riña como es habitual en él, sin pestañear, sin el menor movimiento, como si la sangre se le hubiese evaporado del cuerpo, pero eso sí, blanco como un cirio. Sin lugar a dudas su pensamiento se percata también de la gran tragedia que amenaza a su gallo.
Parece que la pelea está resuelta. El giro se mantiene entero y carga una y otra vez tratando de aventajar de manera definitiva. Ahora, más que al resultado de la pelea, los aficionados están atentos a las reacciones del general. Interesa saber hasta dónde llega en la dura prueba que está atravesando. Tras un ataque del joselito, el Correlón responde con certero revuelo y enorme clamor, esta vez dentro del ámbito de la gallera. Los trianeros han quedado paralizados, pues ven que el de García Arocena ha metido sus espuelas en las carnes del giro y que este acusa de manera ostensible la estocada. Inmediatamente, el Correlón busca recursos en la salida. Tras cada salida, entra con rabia; el joselito ha perdido bastante de su viveza inicial y se deja coger de buche en una de las embestidas, pero esta vez tiene suerte porque la estocada no fue certera.
Las salidas perjudican al Correlón; la pata juega y el hilo de sangre que sale por la cañera va dejando impresionante estela sobre la arena de la valla. “¡Ese animal terminará por entregarse!”, afirma alguien cercano a nosotros. Es el sentimiento que anida en cuantos saben las consecuencias de esta clase de heridas. Nuevo toma y daca y el giro cobra un puñalón en lo alto del matadero.
Un río de sangre va quedando tras el colorado. Las fuerzas han de fallarle de un momento a otro, pero resulta lo contrario. Ni las salidas ni la pérdida de sangre afectan gran cosa al general, y el de Villegas va perdiendo terreno, se muestra cansado. Nuevas salidas del trianero para revolverse ligero. Por unos instantes, el general parece loco. Corre con desesperación alrededor de los barrotes y a lo largo y ancho del coso. Se considera que el animal está a punto de entregarse y posiblemente de huirse. Ya no debe tener sangre, sin embargo vuelve al ataque. Los dos gallos están casi agotados. En el público hay quien pide tabla. Los de San José se oponen pensando que el Correlón va a caer en tierra de un momento a otro, pero ocurre que el giro canta un degüello y esto precipita la resolución final. Los soltadores acuerdan dejar en tabla la pelea y por lo tanto no hay vencedor ni vencido. El Correlón ha sido frenado en su brillante carrera, no sin antes demostrar que pertenece a una casta de gallos en la que se puede confiar plenamente. El giro de Villegas demostró también ser un gallo puntero; el solo hecho de bajarle los humos a un general ya es de por si una hazaña extraordinaria.
Descendencia y muerte del Correlón. Sus hijos fueron los “mauras” y “miuras” que sacó Agustín Cabrera Sánchez. Murió casteando con él, de la forma más injusta y cobarde, en el barrio del Polvorín, de una septicemia provocada por una pedrada que le habían dado unos chiquillos cuando estaba suelto con las gallinas.
Juan Guillermo
He aquí otra de las grandes obras de Juan Guillermo, y sin duda la menos conocida de los aficionados entre las que dedicó a los gallos.
Se titula “Arlequín con gallo”, y está datada en 1952. Conocemos pues cuatro preciosas pinturas gallísticas de este fino pintor grancanario: “Pescador con gallo” –que presentamos hace dos miércoles–, la de los gallos en revuelo y la del colorado “dróper” de don Ramón Rodríguez.
Se titula “Arlequín con gallo”, y está datada en 1952. Conocemos pues cuatro preciosas pinturas gallísticas de este fino pintor grancanario: “Pescador con gallo” –que presentamos hace dos miércoles–, la de los gallos en revuelo y la del colorado “dróper” de don Ramón Rodríguez.
Frontón Tenerife, 6 de abril de 1952
En esta segunda temporada de Pancho “el Músico” al mando de La Espuela a lo largo de los años 50, ya logró ganarle a Domingo “el Boyero”, aunque solo por 5 riñas y sufriendo un capote casi al final.
Lo más destacado de la temporada estuvo sin duda en la serie de grandes gallos que preparó Pancho, en particular el “Agapito”, que vino de Tazacorte con cuatro riñas –allí lo peleó Pepe Jiménez, discípulo del propio Pancho– y ganó tres más este año, el “Manzanita” de don Alonso Lecuona, el “Camurria” de Francisco López (que se lo regaló al legendario luchador) y el “Soldadito” de Totoño, ya famoso de la temporada anterior. Hubo también grandes gallos de Gregorio Cubas por La Espuela y, por supuesto, de los Acevedo por el Norte.
En esta jornada novena, ganó La Espuela por ventaja, y subió a 12 la general (llegaría a 15, para luego perder nada menos que la ventaja de 10 riñas en los últimos cuatro domingos). Su primer gallo del día no es otro que el “Agapito” ganando su séptima y última riña, ya que “el Boyero” se lo tumbaría a Pancho el día del capote. “Agapito” fue casteado por Pepe Gómez; en La Palma peleó a nombre de Policarpo Lorenzo, y en Tenerife de los sres. Hernández Cejas, como se ve en el programa. Ganó en 9:34, con su acometividad característica. En la cuarta le peleó a Pancho el “Manzanita”, que se hizo con su quinta antorcha. Este fabuloso gallo llegó a ser comparado, por su inteligencia, al celebérrimo gallo “Gente”.
La mejor riña fue la última, ganándole a un giro de Vicente Amador (“el Petudo”) un giro del palmero Ramos Ferraz, tan contundente que se lo bautizó al final de la pelea como “el Ametrallador”. La pelea fue el típico tiro a tiro, pero al final se la llevó de calle el de la Isla Bonita, que ganó en 3:59. La pelea más rápida (2:37) la ganó el colorado de don Ramón Rodríguez, pero también destacaron el colorado de los Acevedo de la tercera y el giro de Gregorio Cubas.
Una gran jornada en el Frontón de Santa Cruz de Tenerife, como casi todas las de estas temporadas, antes de que se instaurara cierta rutina en la contienda clásica, con Pancho además ya iniciando su declive.
Abajo a la derecha del programa aparece la publicidad de la Imprenta Cedrés, que llevaba José Cedrés, casteador de La Espuela y que además escribía las crónicas de las peleas, firmándolas como “Perillón”. Y en cuanto a las peleas que se anuncian para el 3 de mayo son las de La Espuela y San José cuyo cartel reproducíamos la semana pasada.
Lo más destacado de la temporada estuvo sin duda en la serie de grandes gallos que preparó Pancho, en particular el “Agapito”, que vino de Tazacorte con cuatro riñas –allí lo peleó Pepe Jiménez, discípulo del propio Pancho– y ganó tres más este año, el “Manzanita” de don Alonso Lecuona, el “Camurria” de Francisco López (que se lo regaló al legendario luchador) y el “Soldadito” de Totoño, ya famoso de la temporada anterior. Hubo también grandes gallos de Gregorio Cubas por La Espuela y, por supuesto, de los Acevedo por el Norte.
En esta jornada novena, ganó La Espuela por ventaja, y subió a 12 la general (llegaría a 15, para luego perder nada menos que la ventaja de 10 riñas en los últimos cuatro domingos). Su primer gallo del día no es otro que el “Agapito” ganando su séptima y última riña, ya que “el Boyero” se lo tumbaría a Pancho el día del capote. “Agapito” fue casteado por Pepe Gómez; en La Palma peleó a nombre de Policarpo Lorenzo, y en Tenerife de los sres. Hernández Cejas, como se ve en el programa. Ganó en 9:34, con su acometividad característica. En la cuarta le peleó a Pancho el “Manzanita”, que se hizo con su quinta antorcha. Este fabuloso gallo llegó a ser comparado, por su inteligencia, al celebérrimo gallo “Gente”.
La mejor riña fue la última, ganándole a un giro de Vicente Amador (“el Petudo”) un giro del palmero Ramos Ferraz, tan contundente que se lo bautizó al final de la pelea como “el Ametrallador”. La pelea fue el típico tiro a tiro, pero al final se la llevó de calle el de la Isla Bonita, que ganó en 3:59. La pelea más rápida (2:37) la ganó el colorado de don Ramón Rodríguez, pero también destacaron el colorado de los Acevedo de la tercera y el giro de Gregorio Cubas.
Una gran jornada en el Frontón de Santa Cruz de Tenerife, como casi todas las de estas temporadas, antes de que se instaurara cierta rutina en la contienda clásica, con Pancho además ya iniciando su declive.
Abajo a la derecha del programa aparece la publicidad de la Imprenta Cedrés, que llevaba José Cedrés, casteador de La Espuela y que además escribía las crónicas de las peleas, firmándolas como “Perillón”. Y en cuanto a las peleas que se anuncian para el 3 de mayo son las de La Espuela y San José cuyo cartel reproducíamos la semana pasada.
miércoles, 24 de agosto de 2011
Las peleas en Trasmontaña
Volvemos al interesante libro de José Domingo Pérez Falcón Trasmontaña – La era Grande. Apuntes para la historia de Arucas, de reciente aparición. En su página 87 encontramos el capítulo “Las peleas de gallos”, que paso a reproducir:
“En Trasmontaña ha existido afición a las peleas o riñas de gallos desde las primeras décadas del pasado siglo hasta la actualidad. El vecino Angelito Tejera llegó a componer una canción sobre esta peculiar afición.
En 1903 se edificó la gallera de Arucas en la calle San Juan, modificada al año siguiente para que sirviese de teatro-circo y terrero para la lucha canaria. En esa época ya contaba nuestro barrio con criadores de gallos como Pedro Pérez Pérez (¿1838?-1924), así como los hermanos Rafael y Sixto Henríquez, que tenían fincas en El Guincho, donde criaban los gallos que llevaban a pelear al Cine Cuyás en Las Palmas. Otro criador era Tomás Pérez Pérez, que pertenecía a la gallera de Triana, mientras que otros criadores pertenecían a la de San José, de la zona conocida por Fincas Unidas.
También criaban gallos Juan José González («Pepe el de Mayo»), Ninito, un señor de Cardones, en la finca de don Rafael Henríquez, y Antonio Pérez Pérez, en la finca El Cortijo. Otros gallos se soltaban en la finca de don Paco Lorenzo, junto al molino. En la finca de don Pedro Rosales, le cuidaban los gallos a Antonio Falcón, que subía desde Las Palmas los sábados y domingos para verlos y llevarlos a pelear al Cine Cuyás.
Maestro Fermín de Armas, cantero de profesión, padre de Pantaleón y Félix de Armas, llevaba a pelear sus gallos a la capital de la isla. A esta afición se sumaron sus hijos Félix y, muy especialmente, Valentín de Armas, que de pequeño llegó a organizar peleas de quíqueres, y de mayor tuvo otros gallos, uno que llegó a realizar cuatro peleas y otro, hijo del anterior, que también ganó varias riñas. Gracias a su afición, cuando hacía la mili en Tenerife, le dieron un mes de permiso, al ser el coronel encargado del regimiento un aficionado a estas peleas, hasta el punto de venir a nuestro barrio a ver los gallos en compañía de otros señores de renombre.
Algunos de estos vecinos acudían a las peleas antes de los años 20 del siglo pasado, y otros, no criadores, llegaron a ver peleas de gallos en Las Palmas, Cardones y Arucas. En los años 50, las riñas en Arucas se celebraban los domingos a las doce del mediodía.
Entre los criadores más recientes están varios de los hermanos Pérez Afonso, que tuvieron un gallo célebre por ganar muchas peleas en Cardones, y Efrén Ortiz Ortiz, nacido en 1934, que desde muy joven tenía sus gallos repartidos en fincas de El Guincho, Trasmontaña, la bajada al Pilotín, en la finca de don Daniel del Toro, etc. Efrén llevaba a pelear sus gallos a Cardones, tanto a La Sociedad como al cine, al salón de Martín Marrero y a la gallera de El Terrero en Arucas. Cuando dejó de competir, al dejar de celebrarse peleas en Cardones, sus gallos terminaron repartiéndose a criadores de Arucas y Telde.
En la actualidad, saliendo de El Guincho hacia Llano Blanco, Juan Ramírez, procedente de Tamaraceite, cría gallos de un modo muy profesional y los lleva a pelear.”
Este capítulo gallístico del libro de Pérez Falcón está lleno de sugerencias. Para empezar, cuánto daríamos por conocer la canción compuesta por Angelito Tejera. Asombro nos produce la foto de don Pedro Pérez Pérez, de quien no tenemos noticia alguna. Pasa a ser una de las mejores fotos antiguas de gallos que conocemos, a la altura de la de don Nicolás Lezcano: aficionados de principios del siglo XX, muy señoriales, que revelan una afición extraordinaria. Pedro Pérez debió ser un casteador limitado a la zona de Arucas y Cardones, ya que de otro modo nos lo hubiéramos encontrado en nuestras investigaciones de periódicos de Las Palmas. Ya conocido –todo un nombre clásico– es don Rafael Henríquez, a quien Pancho le peleó gallos de bandera en el Cuyás durante los años 30 y 40.
Fernando Ojeda, infatigable pesquisador grancanario, nos informa que don Antonio Falcón no soltaba sus gallos en la finca de don Pedro Rosales, sino en otra al lado, propiedad de don Cesáreo. Quien soltaba sus gallos en la finca de los Rosales era otro extraordinario aficionado –y bellísima persona, siempre tan bien recordado por quienes lo trataron–, el doctor don José Cuyás Hidalgo, que era muy amigo suyo. El abuelo de Fernando Ojeda era encargado de esa finca, y por tanto Fernando habla con conocimiento de causa.
El coronel a que se alude parece ser, casi seguro, don Luis Miranda, a quien conocimos en las peleas Norte-La Espuela a principios de los años 90. Era en efecto un gran aficionado y casteador, y que le echaba una mano a los soldados gallistas, ya que el palmero Armando Hernández (hermano del gallero Roberto) nos ha contado una historia similar.
Nada sabemos de Efrén Ortiz, ya que su nombre nos lo encontramos en las crónicas de la última época de Cardones-Arucas, lo que resulta extraño. ¿Quizás soltaba gallos de algún aficionado?
El autor de este trabajo nombra a aficionados más recientes, como en particular los hijos de Valentín Armas, a quienes yo veía siempre en el López Socas (de triste memoria) cuando viajaba a Las Palmas, y a Ramírez, que tuvo unos gallos tremendos hace no muchos años.
Ojeda nos apunta: “Habrá que hablar también de los casteadores de Las Chorreras, que es donde tengo la casa yo en Arucas. Casteadores de Las Chorreras son Antonio el Rubio, Mamores, Santiago Ravelo, El Cachopo y el Silopo (Ramón y Ricardo). Este último aparece en la foto del Diccionario en el apartado de Arucas donde salen todos”.
Estas notas de José Domingo Pérez Falcón muestran el valor que tienen los trabajos de tipo local. Nos recuerdan los que ha escrito, con respecto a Guía de Gran Canaria, Sergio Aguiar Castellano. ¡Aún faltan muchas cosas por descubrir en la riquísima historia gallística de nuestras islas!
“En Trasmontaña ha existido afición a las peleas o riñas de gallos desde las primeras décadas del pasado siglo hasta la actualidad. El vecino Angelito Tejera llegó a componer una canción sobre esta peculiar afición.
En 1903 se edificó la gallera de Arucas en la calle San Juan, modificada al año siguiente para que sirviese de teatro-circo y terrero para la lucha canaria. En esa época ya contaba nuestro barrio con criadores de gallos como Pedro Pérez Pérez (¿1838?-1924), así como los hermanos Rafael y Sixto Henríquez, que tenían fincas en El Guincho, donde criaban los gallos que llevaban a pelear al Cine Cuyás en Las Palmas. Otro criador era Tomás Pérez Pérez, que pertenecía a la gallera de Triana, mientras que otros criadores pertenecían a la de San José, de la zona conocida por Fincas Unidas.
También criaban gallos Juan José González («Pepe el de Mayo»), Ninito, un señor de Cardones, en la finca de don Rafael Henríquez, y Antonio Pérez Pérez, en la finca El Cortijo. Otros gallos se soltaban en la finca de don Paco Lorenzo, junto al molino. En la finca de don Pedro Rosales, le cuidaban los gallos a Antonio Falcón, que subía desde Las Palmas los sábados y domingos para verlos y llevarlos a pelear al Cine Cuyás.
Maestro Fermín de Armas, cantero de profesión, padre de Pantaleón y Félix de Armas, llevaba a pelear sus gallos a la capital de la isla. A esta afición se sumaron sus hijos Félix y, muy especialmente, Valentín de Armas, que de pequeño llegó a organizar peleas de quíqueres, y de mayor tuvo otros gallos, uno que llegó a realizar cuatro peleas y otro, hijo del anterior, que también ganó varias riñas. Gracias a su afición, cuando hacía la mili en Tenerife, le dieron un mes de permiso, al ser el coronel encargado del regimiento un aficionado a estas peleas, hasta el punto de venir a nuestro barrio a ver los gallos en compañía de otros señores de renombre.
Algunos de estos vecinos acudían a las peleas antes de los años 20 del siglo pasado, y otros, no criadores, llegaron a ver peleas de gallos en Las Palmas, Cardones y Arucas. En los años 50, las riñas en Arucas se celebraban los domingos a las doce del mediodía.
Entre los criadores más recientes están varios de los hermanos Pérez Afonso, que tuvieron un gallo célebre por ganar muchas peleas en Cardones, y Efrén Ortiz Ortiz, nacido en 1934, que desde muy joven tenía sus gallos repartidos en fincas de El Guincho, Trasmontaña, la bajada al Pilotín, en la finca de don Daniel del Toro, etc. Efrén llevaba a pelear sus gallos a Cardones, tanto a La Sociedad como al cine, al salón de Martín Marrero y a la gallera de El Terrero en Arucas. Cuando dejó de competir, al dejar de celebrarse peleas en Cardones, sus gallos terminaron repartiéndose a criadores de Arucas y Telde.
En la actualidad, saliendo de El Guincho hacia Llano Blanco, Juan Ramírez, procedente de Tamaraceite, cría gallos de un modo muy profesional y los lleva a pelear.”
Este capítulo gallístico del libro de Pérez Falcón está lleno de sugerencias. Para empezar, cuánto daríamos por conocer la canción compuesta por Angelito Tejera. Asombro nos produce la foto de don Pedro Pérez Pérez, de quien no tenemos noticia alguna. Pasa a ser una de las mejores fotos antiguas de gallos que conocemos, a la altura de la de don Nicolás Lezcano: aficionados de principios del siglo XX, muy señoriales, que revelan una afición extraordinaria. Pedro Pérez debió ser un casteador limitado a la zona de Arucas y Cardones, ya que de otro modo nos lo hubiéramos encontrado en nuestras investigaciones de periódicos de Las Palmas. Ya conocido –todo un nombre clásico– es don Rafael Henríquez, a quien Pancho le peleó gallos de bandera en el Cuyás durante los años 30 y 40.
Fernando Ojeda, infatigable pesquisador grancanario, nos informa que don Antonio Falcón no soltaba sus gallos en la finca de don Pedro Rosales, sino en otra al lado, propiedad de don Cesáreo. Quien soltaba sus gallos en la finca de los Rosales era otro extraordinario aficionado –y bellísima persona, siempre tan bien recordado por quienes lo trataron–, el doctor don José Cuyás Hidalgo, que era muy amigo suyo. El abuelo de Fernando Ojeda era encargado de esa finca, y por tanto Fernando habla con conocimiento de causa.
El coronel a que se alude parece ser, casi seguro, don Luis Miranda, a quien conocimos en las peleas Norte-La Espuela a principios de los años 90. Era en efecto un gran aficionado y casteador, y que le echaba una mano a los soldados gallistas, ya que el palmero Armando Hernández (hermano del gallero Roberto) nos ha contado una historia similar.
Nada sabemos de Efrén Ortiz, ya que su nombre nos lo encontramos en las crónicas de la última época de Cardones-Arucas, lo que resulta extraño. ¿Quizás soltaba gallos de algún aficionado?
El autor de este trabajo nombra a aficionados más recientes, como en particular los hijos de Valentín Armas, a quienes yo veía siempre en el López Socas (de triste memoria) cuando viajaba a Las Palmas, y a Ramírez, que tuvo unos gallos tremendos hace no muchos años.
Ojeda nos apunta: “Habrá que hablar también de los casteadores de Las Chorreras, que es donde tengo la casa yo en Arucas. Casteadores de Las Chorreras son Antonio el Rubio, Mamores, Santiago Ravelo, El Cachopo y el Silopo (Ramón y Ricardo). Este último aparece en la foto del Diccionario en el apartado de Arucas donde salen todos”.
Estas notas de José Domingo Pérez Falcón muestran el valor que tienen los trabajos de tipo local. Nos recuerdan los que ha escrito, con respecto a Guía de Gran Canaria, Sergio Aguiar Castellano. ¡Aún faltan muchas cosas por descubrir en la riquísima historia gallística de nuestras islas!
“La Gallera”, Realejo Bajo
Hace años que nos intrigaba, al pasar por la autovía del norte tinerfeño a la altura de Los Realejos, la aparición del nombre “La Gallera” en azulejos.
Al comienzo de la pasada temporada, Domingo G. Pacheco, que vive allí mismo, nos escribía a la página preguntándonos si sabíamos algo. Consulté a los conocedores, y en especial a Antonio “el Crusantero” y a Dominguito García, sin que me pudieran dar información alguna. Ello descartaba que los gallos del Norte hubieran estado encerrados allí en algún momento de las últimas siete décadas.
Como en los años inmediatamente anteriores a la guerra sabemos que funcionaba la gallera del Realejos, y celebrando contratas largas, la conclusión más sencilla es que allí estuvo instalada en los años 30 (y seguramente antes) la gallera realejera, donde cuidó por último uno de los más grandes cuidadores de la isla: Manuel Torres, “Gato Maruca”, que era de familia realejera y también del vecino Puerto de la Cruz, donde fallecería ya en los años 70.
El otro día pasé por allí con Tomás “Cho Pío” y me detuve para sacar este par de fotos, lamentando no estuviera el amigo Domingo, que nos había escrito para tomarnos unos vinos.
No solo los azulejos coronan el pórtico de la bella mansión, sino que dan nombre a la calle lateral y a la propia zona. Lo que revela la gran afición que también en aquella localidad hubo a las peleas de gallos.
Al comienzo de la pasada temporada, Domingo G. Pacheco, que vive allí mismo, nos escribía a la página preguntándonos si sabíamos algo. Consulté a los conocedores, y en especial a Antonio “el Crusantero” y a Dominguito García, sin que me pudieran dar información alguna. Ello descartaba que los gallos del Norte hubieran estado encerrados allí en algún momento de las últimas siete décadas.
Como en los años inmediatamente anteriores a la guerra sabemos que funcionaba la gallera del Realejos, y celebrando contratas largas, la conclusión más sencilla es que allí estuvo instalada en los años 30 (y seguramente antes) la gallera realejera, donde cuidó por último uno de los más grandes cuidadores de la isla: Manuel Torres, “Gato Maruca”, que era de familia realejera y también del vecino Puerto de la Cruz, donde fallecería ya en los años 70.
El otro día pasé por allí con Tomás “Cho Pío” y me detuve para sacar este par de fotos, lamentando no estuviera el amigo Domingo, que nos había escrito para tomarnos unos vinos.
No solo los azulejos coronan el pórtico de la bella mansión, sino que dan nombre a la calle lateral y a la propia zona. Lo que revela la gran afición que también en aquella localidad hubo a las peleas de gallos.
Frontón de Tenerife, 3 de mayo de 1952
Así se anunciaban estas riñas entre las huestes de Pancho y las de su discípulo Pepe Palmero, campeón este año de Gran Canaria en el partido de San José.
Estas peleas las ganó Pepe Palmero por ventaja, y fueron rápidas y excelentes. El mejor gallo fue el gran “Sacatripas” de don José Villegas, que ya sumaba dos victorias en la contrata de Las Palmas. También Pancho y Pepe Palmero midieron fuerzas en el Cuyás, considerándose esas las mejores riñas de la temporada en la catedral gallística de Canarias. Y también le ganó por ventaja el discípulo al maestro.
Como remate de una campaña gloriosa, al fin de la temporada el Palmero arrolló al Norte del “Boyero”, ganándole en el Cuyás por 5-2, y en Tenerife por 5-2 y 6-1. Se le ofreció entonces cuidar al año siguiente en el Norte, para reeditar las tremendas peleas de pocos años antes entre él y su maestro. Pero al gallero más cotizado de Canarias después de Pancho le vino una oferta aún mejor, de La Palma, en cuya gallera de Abajo cuidaría maravillosamente los dos últimos años de su breve vida.
Estas peleas las ganó Pepe Palmero por ventaja, y fueron rápidas y excelentes. El mejor gallo fue el gran “Sacatripas” de don José Villegas, que ya sumaba dos victorias en la contrata de Las Palmas. También Pancho y Pepe Palmero midieron fuerzas en el Cuyás, considerándose esas las mejores riñas de la temporada en la catedral gallística de Canarias. Y también le ganó por ventaja el discípulo al maestro.
Como remate de una campaña gloriosa, al fin de la temporada el Palmero arrolló al Norte del “Boyero”, ganándole en el Cuyás por 5-2, y en Tenerife por 5-2 y 6-1. Se le ofreció entonces cuidar al año siguiente en el Norte, para reeditar las tremendas peleas de pocos años antes entre él y su maestro. Pero al gallero más cotizado de Canarias después de Pancho le vino una oferta aún mejor, de La Palma, en cuya gallera de Abajo cuidaría maravillosamente los dos últimos años de su breve vida.
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