lunes, 28 de diciembre de 2009

Mario José Robles, puntal del Norte

Una de las personas más estimadas por la afición tinerfeña, y en particular la del Valle de La Orotava, es Mario José Robles. Su sordera de nacimiento no le ha impedido haber sido un colaborador muy eficiente de muchas temporadas en la gallera Norte, ubicada en Santa Úrsula, población donde él nació en 1966. Incluso hace dos temporadas fue cuidador, realizando una campaña digna en una competición reñida. Trabaja con los gallos desde hace 26 años. Nos responde a través del correo electrónico a unas breves cuestiones, que nos permiten hacerle a través de esta página un sencillo y cordial homenaje, nuestro y de la afición.
–¿Cómo surgió tu afición a los gallos?
–En el Valle de La Orotava siempre ha habido una gran afición a los gallos, así que era natural que me interesara por las peleas de gallos y por los gallos finos.
–¿De quién has sido ayudante?
–De Francisco Falcón (“Paco”) con el que trabajé durante más de 10 años, de Pablo Amador con él trabajé 2 años, de Jorge Benítez, de Anastasio Acosta, de Tomás León (“Maso”) y ahora de Pedro (“el Cubano”). Con Paco Falcón estábamos yo y Florencio (“Fisio”), aún unos muchachos, habiendo en la gallera una foto en que aparecemos los tres.
– ¿Cómo recuerdas a Pablo Amador?
–Era una persona muy inteligente, cuidadoso con los gallos, limpio, puntual, serio. Y un gran amigo. Trabajé con él durante dos años y me enseñó casi todo lo que sé sobre los gallos: la comida, las espuelas, cortar plumas, descrestar, saber según el estado del tiempo si se podía sacar a los gallos o no, etc.
–¿Cuál es el mejor gallo que has tenido en las manos?
–Es difícil escoger, pero recuerdo en especial uno de Víctor Barreto y otro de Luis Machado.
–¿Cuál ha sido la mejor temporada a que has asistido?
–La temporada de 1983, porque conseguimos la Copa con mucha ventaja.
–¿Qué casteadores de Tenerife recuerdas mejor?
–A Luis Machado, Manuel de León, Víctor Barreto y Eduardo Pérez Ascanio (padre). Todos ellos grandes aficionados, sacaban unos gallos tremendos.
–¿Hay alguna anécdota curiosas que destaques de tu vida gallística?
–En 1988 los del Norte fuimos a La Orotava a pelear, en el Campeonato Eduardo Pérez Ascanio, contra los de Garachico, y un chico que trabajaba con los de Garachico propuso una apuesta de dos millones de pesetas. Pablo no aceptó y al final ganó el Norte. Nos reímos un poco.

jueves, 17 de diciembre de 2009

Correo

Ya está en elaboración la página de Fórum gallístico, que estará abierta a todos los aficionados de buena voluntad. La información anterior ha levantado cierta polvareda. Entre las cartas recibidas, un aficionado anónimo nos dice que ha mandado fotografías y se han publicado, pero que sepamos aquí sólo hemos recibido fotos de Nicolás Lezcano y Javier Yanes, dos excelentes fotógrafos pero que no tienen nada que ver con ningún partido concreto. Lo que decíamos es que no habíamos recibido fotos de ningún partido.

De Gran Canaria nos escribe Miguel Rodríguez: "Me gustaría saber quién ha dado la noticia de Gran Canaria, cuando no hay nada cerrado. Por favor, contrasten las noticias, de momento sólo hay propuestas". Esa noticia provino de un directivo de Telde de nuestra entera confianza, quien nos señala que lo que se discutía era la forma de hacer esa liguilla: sábados y domingos, sólo sábados con cinco gallos en vez de siete... Lo que no podemos hacer es ponernos a llamar a cada uno de los partidos de las islas. A veces hay errores inevitables, como ocurre con la noticia de que el Norte no encerraba este año en Santa Úrsula, y eso que nos vino por correo electrónico de uno de los componentes del equipo técnico norteño.

Sí vamos a reproducir esta polémica carta de Fernando Ojeda, uno de los mejores colaboradores de nuestra página:

"Estimado amigo: he visto la noticia que has sacado para esta temporada y me he puesto malo. Empiezo por islas.
Lanzarote: lo está haciendo fenomenal, a pesar de que siempre se ha dicho que es una isla gallística con poca afición y pocos gallos debido a las condiciones para criar de esta isla, y que traen gallos de afuera siempre. Pues bueno, los pocos aficionados y casteadores se han involucrado bastante por hacerse respetar, y una isla en concreto que en tiempos pasados fue la meca de los gallos en el Archipielago debería mirar más hacia Oriente. Felicito a Lanzarote y darles ánimos que seguro habrá una muy buena temporada.
Gran Canaria: ¡Cuidado con esta isla, porque la americanización se está produciendo aquí mismo! A pesar de yo ser de aquí, me avergüenzo de la decadencia que hay y de los que lo permiten, se pasan el reglamento de las peleas por el forro, hacen lo que les dan la gana y no me refiero a todos ¡cuidado!, salvo de esta crítica a Gáldar, a Telde y a La Montaña de Gáldar, del que ahora se encarga el magnífico Bolaños. Ahora resulta que hay una nueva asociación y llamo asociación porque no son casas de gallos porque las casas de gallos tienen galleros pero Los Llanos de Telde, Amigos del Sur y ahora Nostalgia Cubana (tendrán nostalgia de Fulgencio Batista, perdón, mejor dicho de Meyer Lansky o de Santo Traficante o del propio Fidel) utilizan espuelas de plástico, típico de América, cuando el Reglamento lo deja bien claro: en Canarias se utilizan espuelas naturales extraídas de otros gallos. ¿Que no entienden? ¿Donde está la famosa Federación? Y uno deseando tener un jueguito de espuelas naturales como algo artesanal.
Tenerife: ¡Agárrate que vienen curvas! Si uno es problemático y el otro te da la lata durante las ocho peleas, las peleas serán dentro de la valla y fuera los apostadores no darán avío y tampoco sabrán a quien apostar o harán una combinación: 10 € al gallo de La Espuela pero 20 € al gallero del Norte. Pido a Dios equivocarme pero me parece que estas no van a llegar a buen puerto. Con el interés que había el año pasado y que parecía que Tenerife estaba levantando cabeza.
La Palma: ¡Pido públicamente que NO me toquen esta isla! Que vivan los gallos palmeros y que vivan los palmeros que no se dejen embaucar por la americanización y lo que se hace en otros lugares del mundo, que ustedes tienen mucha historia y muchos valores que transmitir a la nueva generación. Mucha suerte a Los Llanos de Aridane y también a Tazacorte. Mucha suerte a El Paso y a La Lucha (cuestión familiar), a La Choza y al Pinito y cómo no a la Guerra que se va a enfrentar a Güímar y no sé si va a acabar bien esto. A la Nueva que localize una "NUEVA" casa para encerrar, que la afición de La Palma se lo merece.
Para la Federación: ¿Donde carajo estaban los señoritos federados cuando pasó lo de la gallera Nueva? ¿Se presentaron en el ayuntamiento de Sta. Cruz de La Palma? ¿Llegaron a un acuerdo con el ayuntamiento respectivo? Y cuando se abrió de nuevo la gallera López Socas ¿pidieron volver a la misma? ¿Llegaron a un acuerdo con la federación de Lucha Canaria que tiene sede en la misma gallera? Trece años costó encontrar gallera en Gran Canaria en 1980. Tras muchas trifulcas logramos la del López Socas, se cerró la misma para mejorarla y ahora ¿qué? Si don Pedro Cárdenes levantara la cabeza…Hago una reflexión ¿Necesitamos la FEDERACIÓN? Para protegernos ¿de quién, si no se cumple el Reglamento de las peleas en cuestión de espuelas y de galleros y cuando necesitamos a la Federación resulta que no está? Si Machín hubiese vivido no tendríamos estos problemas. Te comprendo, Miguel, cuando dices que no vas a escribir. Es lógico que a uno se le quiten las ganas con este panorama. Darle las gracias a Melquiades pues por lo menos tendremos algo de la isla Bonita, la verdad que le honra las ganas para escribir: dale las gracias de un aficionado canarión. Yo sí que tengo Nostalgia Cubana como dice la canción: "y se acabó la diversión, llegó el Comandante y mandó a parar", esa si es mi ilusión que llegue alguien y que mande a parar a todos los de la Federación y los que promulgan la americanización.
Respecto al Forum no sé si me incorporaré, porque la verdad eso va a ser una jaula de grillos. Prefiero una cuestión mas intima entre verdaderos amigos, tener los correos electrónicos privados de cada uno, quedar para echarse una Tropical o una Reina, hablar de gallos, visitar sus instalaciones, etc. Algo verdadero.
Saludos gallísticos."

A partir de ahora, las cartas que se deseen enviar deberán ir por el correo general de la página, al que se accede pinchando en la dirección debajo del gallito. Luego todo el correo se canalizará por el blog del Fórum.

Ya hay animación en muchas galleras. En próximos días publicaremos una pequeña entrevista con Mario José Robles, aficionado muy querido de la afición tinerfeña, en especial la norteña, y que este año forma parte del equipo técnico del Valle.

Saludos a todos los aficionados y nuestro deseo de unas buenas fiestas.

lunes, 30 de noviembre de 2009

Quico Acosta, gallero de El Paso

Ya las galleras de Canarias se preparan a abrir sus puertas, puesto que la tradición, excepto en Lanzarote, es hacerlo el primer día de diciembre. En los tiempos del Campeonato Regional (a lo que hay actualmente, como es sabido, nos negamos a llamarlo así), los cuidadores eran ya tratados y hasta contratados antes del verano. Hoy el proceso se prolonga hasta noviembre, y de ahí que sólo ahora publiquemos esta nota de conjunto.
La principal noticia es el retorno de Quico Acosta, el mejor cuidador con que contamos, a la actividad gallística, encargándose del partido de El Paso, que repite frente a La Lucha, donde está su sobrino Samuel, curtido el pasado año en Tazacorte, donde realizó una buena temporada. Con excelentes gallos, que los hay, el espectáculo está garantizado.
La contrata decana de Canarias se presenta también sumamente atractiva. En Los Llanos, Pedro Pérez, quien el año pasado se hizo con el triunfo en El Paso tras una buena temporada y que es uno de los valores jóvenes indiscutibles, se las verá con Toño “el Rebotallo”, que vuelve a Tazacorte tras un año en La Espuela. También la contrata eterna, pues, ofrece grandes alicientes. Por su parte, La Choza y El Pinito, a los que les va muy bien, repiten cuidadores: Quico Salere y Orestes Cáceres, que lo vienen haciendo óptimamente. Muy buen ambiente no faltará, y tampoco las buenas peleas.
La Nueva, que no tiene donde encerrar los gallos, siendo una vergüenza que el Ayuntamiento de Santa Cruz de La Palma no haya resuelto el problema, no abrirá, por lo cual la Guerra, donde repite Samuel Mateo, se enfrentará a Güímar, con José Carlos. No auguramos una buena temporada, ya que José Carlos, por regular que sea, no ofrece espectáculo con sus gallos, y son de temer peleas de 15, 20 y hasta 30 minutos.
En Tenerife, el Norte (que ahora encierra en Guamasa) y La Espuela vuelven a su contrata tradicional. Es una buena idea, pero lamentable que no se haya ido hasta las últimas consecuencias buscando galleros idóneos. Cuidan dos cubanos, uno de ellos altamente conflictivo (ni entendemos cómo es que vuelve a cuidar) y el otro dando la tabarra durante cada una de las ocho peleas. Para colmo, todas las jornadas se celebrarán en la gallera de La Espuela, que no reúne condiciones sino para hacer pechas. Ello no justifica una cobertura informativa particular este año, por lo que a partir de febrero el amigo Melquiades informará del Valle de Aridane y aquí nos limitaremos, si acaso, a dar los resultados de las otras islas, a no ser que alguien quiera informar con competencia de otras contratas.
En Gran Canaria pelean este año seis partidos, sumándose Nostalgia Cubana y La Montaña de Gáldar, con el eterno Antonio Bolaños. Se discute si se harán cinco o siete riñas y se sigue aceptando que participen partidos sin cuidador, pero que luego se reparten el botín. En cuanto al López Socas, parece perdido, sin que haya habido federación que valga.
En Lanzarote al menos se intentan hacer las cosas bien. Al no abrir Arrecife, nadie puede cuestionar la labor magnífica que está haciendo El Volcán, donde repite Alonso Plasencia, mientras que en Teguise cuida Nerín, veterano de muchas batallas como gallero y como ayudante en la capital palmera. Esta será a nuestro juicio una buena temporada.
Volvemos a recordarle a los aficionados que ni esta página, ni las crónicas de “La Tarde” (que este año ya no saldrán) ni ninguno de los libros que hemos publicado nos han reportado nunca sino tiempo derrochado y pérdidas económicas. Luego aparecen los que sólo saben criticar y descalificar, y la colaboración que se aporta es prácticamente nula (así, el año pasado, nadie, a pesar de que lo solicitamos, mandó desde un solo partido una sola fotografía para incluir en el álbum fotográfico). También es una tristeza que la mayor parte de las cartas recibidas sean anónimas y sin posibilidad de respuesta, teniendo uno que capear no poca basura. Ahora que la dirección de la página de actualidad pasa a ser de José Luis Melquiades (aunque restringida al Valle de Aridane), se estudia la creación de un fórum para los aficionados, esperando que no se convierta en un concierto de grillos, si no de insultos y descalificaciones. Las buenas intenciones ya hace tiempo que parecen condenadas al fracaso. Esta nota enojada de quien ya se hartó de campeonatos de casteadores, espuelas plásticas, Federación, partidos sin cuidadores ni soltadores, galleras particulares, gallos de gallinero, potingues importados de América, ocho y nueve peleas por jornada, etc., etc., tiene al menos de bueno que un cambio tal vez satisfaga más a la afición. A los pocos que colaboraron en la pasada temporada sí les damos las gracias por esa colaboración, que fue siempre generosa y desinteresada. M.P.C.

lunes, 28 de septiembre de 2009

Un cuento de gallos peruano

Este valioso relato del que es autor el peruano Abraham Valdelomar sin duda formará parte de la antología literaria sobre la afición que nos une. Nos lo hace llegar el gran aficionado grancanario-tinerfeño Nicolás Lezcano.
EL CABALLERO CARMELO
I
Un día, después del desayuno, cuando el sol empezaba a calentar, vimos aparecer, desde la reja, en el fondo de la plazoleta, un jinete en bellísimo caballo de paso, pañuelo al cuello que agitaba el viento, sanpedrano pellón de sedosa cabellera negra y henchida alforja, que picaba espuelas en dirección a casa.
Reconocímosle. Era el hermano mayor que, años corridos, volvía. Salimos atropelladamente gritando:
-¡Roberto! ¡Roberto!
Entró el viajero al empedrado patio donde el ñorbo y la campanilla enredábanse en las columnas como venas en un brazo y descendió en los de todos nosotros. ¡Cómo se regocijaba mi madre! Tocábalo, acariciaba su tostada piel, encontrábalo viejo, triste, delgado. Con su ropa empolvada aún, Roberto recorría las habitaciones rodeado de nosotros; fue a su cuarto, pasó al comedor, vio los objetos que se habían comprado durante su ausencia, y llegó al jardín:
-¿Y la higuerilla? -dijo.
Buscaba, entristecido, aquel árbol cuya semilla sembrara él mismo antes de partir. Reímos todos:
-¡Bajo la higuerilla estás!...
El árbol había crecido y se mecía armoniosamente con la brisa marina. Tocóle mi hermano, limpió cariñosamente las hojas que le rozaban la cara, y luego volvimos al comedor. Sobre la mesa estaba la alforja rebosante; sacaba él, uno a uno, los objetos que traía y los iba entregando a cada uno de nosotros. ¡Qué cosas tan ricas! ¡Por donde había viajado! Quesos frescos y blancos, envueltos por la cintura con paja de cebada, de la Quebrada de Humay; chancacas hechas con cocos, nueces, maní y almendras; frijoles colados, en sus redondas calabacitas, pintadas encima con un rectángulo del propio dulce, que indicaba la tapa, de Chincha Baja; bizcochuelos en sus cajas de papel, de yema de huevo y harina de papas, leves, esponjosas, amarillos y dulces; santitos de "piedra de Guamanga" tallados en la feria serrana; cajas de manjar blanco, tejas rellenas, y una traba de gallo con los colores blanco y rojo. Todos recibimos el obsequio, y él iba diciendo al entregárnoslo:
-Para mamá... para Rosa... para Jesús... para Héctor...
-¿Y para papá -le interrogamos, cuando terminó:
-Nada...
-¿Cómo nada para papá?...
Sonrió el amado, llamó al sirviente y le dijo:
-¡El Carmelo!
A poco volvió éste con una jaula y sacó de ella un gallo, que, ya libre, estiró sus cansados miembros, agitó las alas y cantó estentóreamente:
-¡Cocorocóoooo!...
-Para papá! -dijo mi hermano.
Así entro en nuestra casa este amigo íntimo de nuestra infancia ya pasada, a quien acaeciera historia digna de relato; cuya memoria perdura aún en nuestro hogar como una sombra alada y triste: el Caballero Carmelo.
II
Amanecía, en Pisco, alegremente. A la agonía de las sombras nocturnas, en el frescor del alba, en el radiante despertar del día, sentíamos los pasos de mi madre en el comedor, preparando el café para papá. Marchábase éste a la oficina. Despertaba ella a la criada, chirriaba la puerta de la calle con sus mohosos goznes; oíase el canto del gallo que era contestado a intervalos por todos los de la vecindad; sentíase el ruido del mar, el frescor de la mañana, la alegría sana de la vida. Después mi madre venía a nosotros, nos hacía rezar arrodillados en la cama con nuestras blancas camisas de dormir; vestíamos luego y, al concluir nuestro tocado, se anunciaba a lo lejos la voz del panadero. Llegaba éste a la puerta y saludaba. Era un viejo dulce y bueno, y hacía muchos años, al decir de mi madre, que llegaba todos los días, a la misma hora, con el pan calientito y apetitoso, montado en su burro, detrás de los dos "capachos" de acero, repletos de toda clase de pan: hogazas, pan francés, pan de mantecado, rosquillas...
Madre escogía el que habíamos de tomar y mi hermana Jesús, lo recibía en el cesto. Marchábase el viejo, y nosotros, dejando la provisión sobre la mesa del comedor, cubierta de hule brillante, íbamos a dar de comer a los animales. Cogíamos las mazorcas de apretados dientes, las desgranábamos en un cesto y entrábamos al corral donde los animales nos rodeaban. Volaban las palomas, picoteábanse las gallinas por el grano, y entre ellas, escabullíanse los conejos. Después de su frugal comida, hacían grupo alrededor nuestro. Venía hasta nosotros la cabra, refregando su cabeza en nuestras piernas: pisaban los pollitos; tímidamente se acercaban los conejos blancos, con sus largas orejas, sus redondos ojos brillantes y su boca de niña presumida; los patitos, recién "sacados", amarillos como yema de huevo, trepaban en un panto de agua; cantaba desde su rincón, entrabado, el "Carmelo", y el pavo, siempre orgulloso, alharaquero y antipático, hacía por desdeñarnos, mientras los patos, balanceándose como dueñas gordas, hacían, por lo bajo, comentarios, sobre la actitud poco gentil del petulante.
Aquel día, mientras contemplábamos a los discretos animales, escapóse del corral "el Pelado", un pollón sin plumas, que parecía uno de aquellos jóvenes de diez y siete años, flacos y golosos. Pero "el Pelado", a más de eso, era pendenciero y escandaloso, y aquel día mientras la paz era en el corral, y los otros comían el modesto grano, él, en pos de mejores viandas, habíase encaramado en la mesa del comedor y roto varias piezas de nuestra limitada vajilla.
En el almuerzo tratóse de suprimirlo, y, cuando mi padre supo sus fechorías, dijo, pausadamente:
-Nos lo comeremos el domingo...
Defendiólo mi tercer hermano, Anfiloquio, su poseedor, suplicante y lloroso. Dijo que era un gallo que haría crías espléndidas. Agregó que desde que había llegado el "Carmelo" todos miraban mal al "Pelado", que antes era la esperanza del corral y el único que mantenía la aristocracia de la afición y de la sangre fina.
-¿Cómo no matan -decía en su defensa del gallo- a los patos que no hacen más que ensuciar el agua, ni al cabrito que el otro día aplastó un pollo, ni al puerco que todo lo enloda y sólo sabe comer y gritar, ni a las palomas que traen la mala suerte...?
Se adujo razones. El cabrito era un bello animal, de suave piel, alegre, simpático, inquieto, cuyos cuernos apenas apuntaban; además, no estaba comprobado que hubiese muerto al pollo. El puerco mofletudo había sido criado en casa desde pequeño. Y las palomas, con sus alas de abanico, eran la nota blanca, subíanse a la cornisa a conversar en voz baja, hacían sus nidos con amoroso cuidado y se sacaban el maíz del buche para darlos a sus polluelos.
El pobre "Pelado" estaba condenado. Mis hermanos pidieron que se le perdonase; pero las roturas eran valiosas y el infeliz sólo tenía un abogado, mi hermano y su señor, de poca influencia. Viendo ya perdida su defensa y estando la audiencia al final, pues iban a partir la sandía, inclinó la cabeza. Dos gruesas lágrimas cayeron sobre el plato, como un sacrificio, y un sollozo se ahogó en su garganta. Callamos todos. Levantóse mi madre, acercóse al muchacho, lo besó en la frente, y dijo:-No llores; no nos lo comeremos...
III
Quien sale de Pisco, de la plazuela sin nombre, salitrosa y tranquila, vecina a la Estación y toma por la calle del Castillo, que hacia el sur se alarga, encuentra, al terminar, una plazuela pequeña, donde quemaban a Judas el Domingo de Pascua de Resurrección, desolado lugar en cuya arena verdeguean a trechos las malvas silvestres. Al lado del Poniente, en vez de casas, extiende el mar su manto verde, cuya espuma teje complicados encajes al besar la húmeda orilla,Termina en ella el puerto, y, siguiendo hacia el sur, se va, por estrecho y arenoso camino, teniendo a diestra el mar y a la izquierda mano angostísima faja, ora fértil, ora infecunda, pero escarpada siempre, detrás de la cual, a oriente, extiéndese el desierto cuya entrada vigilan, de trecho en trecho, como centinelas, una que otra palmera desmedrada, alguna higuera nervuda y enana y los "toñuces" siempre coposos y frágiles. Ondea en el terreno "la hierba del alacrán", verde y jugosa al nacer, quebradiza en sus mejores días, y en la vejez, bermeja como sangre de buey. En el fondo del desierto, como si temieran su silenciosa aridez, las palmeras únense en pequeños grupos, tal como lo hacen los peregrinos al cruzarlo y, ante el peligro, los hombres.Siguiendo el camino, divísase en la costa, en la borrosa y vibrante vaguedad marina, San Andrés de los Pescadores, la aldea de sencillas gentes, que eleva sus casuchas entre la rumorosa orilla y el estéril desierto. Allí, las palmeras se multiplican y las higueras dan sombra a los hogares, tan plácida y fresca, que parece que no fueran malditas del buen Dios o que su maldición hubiera caducado; que bastante castigo recibió la que sostuvo en sus ramas al traidor y todas sus flores dan frutos que al madurar revientan.
En tan peregrina aldea, de caprichoso plano, levantábase las casuchas de frágil caña y estera leve, junto a las palmeras que a la puerta vigilan; limpio y brillante, reposando en la arena blanda sus caderas amplias, duerme, a la puerta el bote pescador con sus velas plegadas, sus remos tendidos como tranquilos brazos que descansan, entre los cuales yacen con su muda y simbólica majestad, el timón grácil, la calabaza que "achica" el agua de mar afuera y las sogas retorcidas como serpientes que duermen. Cubre, piadosamente, la pequeña nave, cual blanca mantilla, la pescadora red circundada de caireles de liviano corcho.
En las horas del medio día, cuando el aire en la sombra invita al sueño, junto a la nave, teje la red el pescador abuelo: sus toscos dedos añudan el lino que ha de enredar al sorprendido pez; raspa la abuela el plateado lomo de los que la víspera trajo la nave; saltan al sol, como chispas, las escamas y el perro husmea en los despojos.
Al lado, en el corral que cercan enormes huesos de ballena, trepan los chiquillos desnudos sobre el asno pensativo, o se tuestan al sol en la orilla; mientras, bajo la ramada, el más fuerte pule un remo, la moza fresca y ágil, saca agua del pozuelo y las gaviotas alborozadas recorren la mansión humilde dando gritos extraños.
Junto al bote, duerme el hombre del mar, el fuerte mancebo, embriagado por la brisa caliente y por la tibia emanación de la arena, su dulce sueño de justo, con el pantalón corto, las musculosas pantorrillas cruzadas, y en cuyos duros pies, de redondos dedos, piérdense, como escamas, las diminutas uñas. La cara tostada por el aire y el sol, la boca entreabierta que deja pasar la respiración tranquila, y el fuerte pecho desnudo que se levanta rítmicamente, con el ritmo de la Vida, el más armonioso de Dios ha puesto sobre el mundo.
Por las calles no transitan al medio día las personas y nada turba la paz de aquella aldea, cuyos habitantes no son más numerosos que los dátiles de sus veinte palmeras. Iglesia ni cura habían, en mi tiempo, las gentes de San Andrés. Los domingos, al clarear el alba, iban al puerto, con los jumentos cargados de corvinas frescas y luego, en la capilla, cumplían con Dios. Buenas gentes, de dulces rostros, tranquilo mirar, morigeradas y sencillas, indios de la más pura cepa, descendientes remotos y ciertos de los hijos del Sol, cruzaban a pie todos los caminos; como en la edad feliz del Inca, atravesaban en caravana inmensa la costa para llegar al templo y oráculo del buen Pachacamac, con la ofrenda en la alforja, la pregunta en la memoria y la Fe en el sencillo espíritu.
Jamás riña alguna manchó sus claros anales; morales y austeros, labios de marido besaron siempre labios de esposa; y el amor, fuente inagotable de odios y maldecires, era, entre ellos, tan normal y apacible como el agua de sus pozos. De fuertes padres, nacían, sin comadronas rozagantes muchachos, en cuyos miembros la piel hacía gruesas arrugas; aires marinos henchían sus pulmones y crecían sobre la arena caldeada, bajo el sol ubérrimo, hasta que aprendían a lanzarse al mar y a manejar los botes de piquete que zozobrando en las olas, les enseñaban a domeñar la marina furia.
Maltones, musculosos, inocentes y buenos, pasaban su juventud hasta que el cura de Pisco unía a las parejas, que formaban un nuevo nido, mientras las tortugas centenarias del hogar paterno, veían desenvolverse, impasibles, las horas; filosóficas, cansadas y pesimistas, mirando con llorosos ojos desde la playa, el mar, al cual no intentaban volver nunca; y al crepúsculo de cada día, lloraban, lloraban, pero hundido el sol, metían la cabeza bajo la concha poliédrica y dejaban pasar la vida llenas de experiencia, sin Fe, lamentándose siempre el perenne mal, pero inactivas, inmóviles, infecundas, y solas...
IV
Esbelto, magro, musculoso y austero, su afilada cabeza roja era la de un hidalgo altivo, caballeroso y prudente. Agallas bermejas, delgada cresta de encendido color, ojos vivos y redondos, mirada fiera y perdonadora, acerado pico agudo. La cola hacia un arco de plumas tornasol, su cuerpo de color carmelo avanzaba en el pecho audaz y duro. Las piernas fuertes que estacas musulmanas y agudas defendían, cubiertas de escamas, parecían las de un armado caballero medioeval.
Una tarde, mi padre, después del almuerzo, nos dio la noticia. Había aceptado una apuesta para la jugada de gallos de San Andrés, el 28 de Julio. No había podido evitarlo. Le habían dicho que el "Carmelo", cuyo prestigio era mayor que el del alcalde, no era un gallo de raza. Molestóse mi padre. Cambiáronse frases y apuestas; y aceptó. Dentro de un mes toparía el "Carmelo" con el "Ajiseco" de otro aficionado, famoso gallo vencedor, como el nuestro, en muchas lides singulares. Nosotros recibimos la noticia con profundo dolor. El "Carmelo" iría a un combate y a luchar a muerte, cuerpo a cuerpo, con un gallo más fuerte y más joven. Hacía ya tres años que estaba en casa, había él envejecido mientras crecíamos nosotros ¿por qué aquella crueldad de hacerlo pelear...?
Llegó el terrible día. Todos en casa estábamos tristes. Un hombre había venido seis días seguidos a preparar el "Carmelo". A nosotros ya no nos permitían ni verlo. El día 28 de Julio, por la tarde, vino el preparador y de una caja llena de algodones, sacó una media luna de acero con unas pequeñas correas: era la navaja, la espada del soldado. El hombre la limpiaba, probándola en la uña, delante de mi padre. A los pocos minutos, en silencio, con una calma trágica sacaron al gallo que el hombre cargó en sus brazos como a un niño. Un criado llevaba la cuchilla y mis dos hermanos lo acompañaron.
-¡Qué crueldad! -dijo mi madre.
Lloraban mis hermanas, y la más pequeña, Jesús, me dijo en secreto, antes de salir:
-Oye, anda con él... cuídalo... ¡Pobrecitto!...
Llevóse la mano a los ojos, echóse a llorar y yo salí precipitadamente y hube de correr unas cuadras para poder alcanzarlos.
Llegamos a San Andrés. El pueblo estaba de fiesta. Banderas peruanas agitábanse sobre las casas por el día de la Patria, que allí sabían celebrar con una gran jugada de gallos a los que solían ir todos los hacendados y ricos hombres del valle. En ventorrillos, a cuya entrada había arcos de sauces envueltos en colgaduras, y de los cuales pendían alegres quitasueños de cristal, vendían chicha de bonito, butifarras, pescado fresco asado en brasas y anegado en cebollones y vinagre. El pueblo los invadía parlanchín y endomingado con sus mejores trajes. Los hombres de mar lucían camisetas nuevas de horizontales franjas rojas y blancas, sombreros de junco, alpargatas y pañuelos añudados al cuello.
Nos encaminamos a la "cancha". Una frondosa higuera daba acceso al circo, bajo sus ramas enarcadas. Mi padre, rodeado de algunos amigos, se instaló. Al frente estaba el juez y a su derecha el dueño del paladín "Ajiseco". Sonó una campanilla, acomodáronse las gentes y empezó la fiesta. Salieron por lugares opuestos dos hombres, llevando cada uno un gallo. Lanzáronlos al ruedo con singular ademán. Brillaron las cuchillas, miráronse los adversarios, dos gallos de débil contextura, y uno de ellos cantó. Colérico respondió el otro echándose al medio del circo; miráronse fijamente; alargaron los cuellos, erizadas las plumas, y se acometieron. Hubo ruido de alas, plumas que volaron, gritos de la muchedumbre y a los pocos segundos de jadeante lucha, cayó uno de ellos. Su cabecita afilada y roja, besó el suelo, y la voz del juez:
-¡Ha enterrado pico, señores!
Batió las alas el vencedor. Aplaudió la multitud enardecida, y ambos gallos, sangrando, fueron sacados del ruedo. La primera jornada había terminado. Ahora entraba el nuestro, el "Caballero Carmelo". Un rumor de expectación vibró en el circo.
-¡El Ajiseco y el Carmelo!
-¡Cien soles de apuesta!...
Sonó la campanilla del juez y yo empecé a temblar.
En medio de la expectación general salieron los dos hombres, cada uno con su gallo. Se hizo un profundo silencio y soltaron a los dos rivales. Nuestro carmelo al lado del otro era un gallo viejo y achacoso; todos apostaban al enemigo, como augurio de que nuestro gallo iba a morir. No faltó aficionado que anunciara el triunfo del Carmelo, pero la mayoría de las apuestas favorecía al adversario. El otro, que en verdad no parecía ser un gallo fino de distinguida sangre y alcurnia, hacía cosas tan petulantes cuan humanas; miraba con desprecio a nuestro gallo y se paseaba como dueño de la cancha. Enardeciéndose los ánimos de los adversarios, llegaron al centro y alargaron sus erizados cuellos, tocándose los picos sin perder terreno. El Ajiseco dio la primera embestida; entablóse la lucha; las gentes presenciaban en silencio la singular batalla y yo rogaba a la Virgen que sacara con bien a nuestro paladín.
Batíase él con todos los aires de un experto luchador, acostumbrado a las artes azarosas de la guerra. Cuidaba de poner las patas armadas en el enemigo pecho, jamás picaba a su adversario, —que tal cosa es cobardía— mientras que éste, bravucón y necio, todo quería hacerlo a aletazos y golpes de fuerza. Jadeantes, se detuvieron un segundo. Un hilo de sangre corría por la pierna del Carmelo. Estaba herido, mas parecía no darse cuenta de su dolor. Cruzáronse nuevas apuestas en favor del ajiseco y las gentes felicitaron ya al poseedor del menguado. En un nuevo encuentro, el Carmelo cantó, acordóse de sus tiempos y acometió con tal furia que desbarató al otro de un solo impulso. Levantóse éste y la lucha fue cruel e indecisa. Por fin, una herida grave hizo caer al Carmelo, jadeante...
-¡Bravo! ¡Bravo el Ajiseco! —gritaron sus partidarios, creyendo ganada la prueba.-¡Todavía no ha enterrado pico, señores!
En efecto, incorporóse el Carmelo. Su enemigo, como para humillarlo, se acercó a él, sin hacerle daño. Nació entonces en medio del dolor de la caída, todo el coraje de los gallos de "Caucato". Incorporado el Carmelo, como un soldado herido, acometió de frente y definitivo sobre su rival, con una estocada que lo dejó muerto en el sitio. Fue entonces cuando el Carmelo que se desangraba, se dejó caer, después que el ajiseco había enterrado el pico. La jugada estaba ganada y un clamoreo incesante se levantó de la cancha. Felicitaron a mi padre por el triunfo, y como esa era la jugada más interesante, se retiraron del circo, mientras resonaba un grito entusiasta: -¡Viva el carmelo!
Yo y mis hermanos lo recibimos y lo conducimos a casa, atravesando por la orilla del mar el pesado camino, y soplando aguardiente bajo las alas del triunfador que desfallecía.
V
Dos días estuvo el gallo sometido a toda clase de cuidados. Mi hermana Jesús y yo, le dábamos maíz, se lo poníamos en el pico: pero el pobrecito no podía comerlo ni incorporarse. Una gran tristeza reinaba en la casa. Aquel segundo día, después del colegio, cuando fuimos yo y mi hermana a verlo, lo encontramos tan decaído que nos hizo llorar. Le dábamos agua con nuestras manos, le acariciábamos, le poníamos en el pico rojos granos de granada. De pronto el gallo se incorporó. Caía la tarde y por la ventana del cuarto donde estaba, entró la luz sangrienta del crepúsculo. Acercóse a la ventana, miró la luz, agitó débilmente las alas de oro, enseñoreóse y cantó. Retrocedió unos pasos, inclinó el tornasolado cuello sobre el pecho, tembló, desplomóse, estiró sus débiles patitas escamosas, y mirándonos, mirándonos amoroso, expiró apaciblemente.
Echamos a llorar. Fuimos en busca de mi madre, y ya no lo vimos más. Sombría fue la comida aquella noche. Mi madre no dijo una sola palabra y bajo la luz amarillenta del lamparín, todos nos mirábamos en silencio. Al día siguiente, en el alba, en la agonía de las sombras nocturnas, no se oyó su canto alegre.
Así pasó por el mundo aquel héroe ignorado, aquel amigo tan querido de nuestra niñez: el Caballero carmelo, flor y nata de paladines, y último vástago de aquellos gallos de sangre y de raza, cuyo prestigio unánime fue el orgullo, por muchos años, de todo el verde y fecundo valle del Caucato.

lunes, 31 de agosto de 2009

Noticias del Perú

Desde Roma nos escribe el casteador peruano don Carlos García, quien nos envía una foto de su precioso gallo campeón “el Altanero”, de una gran línea de españoles y dominicanos, habiendo jugado su abuelo en nueve campeonatos internacionales. Transcribimos este pasaje de su carta:
“En el Perù se considera que crían gallos más o menos un millón de personas, y en todo el país existen unas 450 galleras en una población de 26 millones de personas .En este último decenio se afirmó en los gallos de pico el tipo Bankivoide, con el objetivo de ser competitivos a nivel latinoamericano; los resultados son impresionantes: en 10 campeonatos mundiales de la asociación mundial de gallos de pelea de pico, nuestro país ha obtenido el primer puesto por cuatro veces y el segundo dos veces, con la participación de representantes de Miami, Puerto Rico, Panamá, República Dominicana, Ecuador, Venezuela, Chile, Colombia y España.Soy un amante de la gallística; la sublimación de esta simbiosis del gallero y esta fiera emplumada ha generado tipos y prototipos de combatientes que reflejan la personalidad del casteador. En mis sueños de gallero veo danzar al Gallo Canario, como un reflejo superior, al Old English Game, que hizo y hace soñar al estoico criador.Después de tres años de trabajo genético con mi socio, que es un medico veterinario, hemos comenzado a jugar nuestros ejemplares en el coliseo más importante de nuestro país, y ya estamos obteniendo buenos resultados.”
Don Carlos García nos hace llegar un libro muy interesante: “Crónicas y apuntes sobre gallos de pelea”, de que es autor el extraordinario aficionado Óscar Cañedo Valle. Se trata de un libro de 232 páginas publicado en 2007 y editado por Alfonso Lizárraga (alizarraga@viabcp.com), con muchas fotografías y excelente calidad de impresión. Óscar Cañedo se revela como un gran amante de los gallos, y por supuesto una autoridad en la materia, habiendo colaborado en las revistas “Pico y Espuelas” (República Dominicana), “Cantaclaro” y “Tradición Gallera” (México), “Tradición de Gallos en el Mundo” (Argentina), “Gallos de Combate” (Colombia) y “Vamos a Gallos”, “Perú Gallístico” y “Pasión Gallera” (Perú).
El libro abunda en homenajes a figuras desaparecidas del mundo gallístico peruano que Óscar Cañedo ha conocido, revelando una vez más que los gallos conforman un mundo admirable de amistad y de amor a este animal incomparable. Nos enteramos que en Perú existen tanto las peleas “a pico y espuelas” como “a navajas”, y que la temporada se abre el 1 de mayo, con grandes campeonatos en Lima el 28 de julio y el 30 de agosto. En un capítulo son tratados los grandes “preparadores”, que nosotros llamamos “cuidadores” como ellos a sus galleras “galpones” y a sus vallas “coliseos”. También es evocada la figura del mejor juez peruano de todos los tiempos, don Arnoldo Guillén Cárdenas, pero Óscar Cañedo aboga en cambio por la desaparición de la figura del soltador, dando la impresión de son todos tan marrulleros como algunos de los nuestros. Perfectamente transponible a Canarias es su reflexión sobre el prolongamiento innecesario y hasta cruel de las peleas, en el capítulo “Seamos justos”.
Otro interesante artículo versa sobre los gallos jabados, y magníficos son los titulados “Escarapela y el Jabao” y “Una lección para recordar”; el primero describe con mucho humor la historia de un casteador que se ve arrasando en los campeonatos, para resultar ser todo un sueño provocado por una cena de frijoles con chicharros, mientras que el segundo relata la historia de un misterioso forastero llamado don Aquilino que, tras participar en una fiesta de un distrito norteño, deja sus gallos allí, con los que castean aficionados que, al cabo de los años, ya olvidan de dónde les ha venido la gran raza que tienen. Como a lo largo de todo el libro, Óscar Cañedo se sitúa en la defensa de la nobleza, la generosidad y la gratitud. Que, como siempre se ha dicho en Canarias, los gallos son un deporte de caballeros, sea cual sea la procedencia social de los aficionados.
Felicitamos a Óscar Cañedo por este estupendo libro, y agradecemos a don Carlos García esta ventana que nos ha abierto sobre la vida gallística peruana.

lunes, 13 de julio de 2009

Novedades en la página

Acabamos de incorporar a nuestra página 33 nuevas fotografías, que van de la 108 a la 140. Algunas son de carácter histórico y otras se refieren a la temporada finalizada, siendo de lamentar la nula colaboración de las galleras a la hora de enviar alguna imagen. En el capítulo de "Artículos", añadimos un homenaje al maestro de casteadores don José Villegas, así como intervenciones en la prensa referentes al "Diccionario Gallístico de Canarias". También hay novedades en las entradas del Diccionario: Francisco Acosta ("Quico"), Isidoro Dorta, Eloende González, Léxico, Manuel Montesdeoca y Antonio Núñez, además de correcciones y añadidos a las Fotografías y una lista de pequeñas Erratas. Enviamos a la afición un saludo veraniego.

lunes, 29 de junio de 2009

Noticias de Venezuela

De Venezuela nos llega la magnífica revista bimestral "Pie de Cría". Excelente de presentación y de contenido, esta revista fue fundada por el ingeniero Rodolfo Guerrero y la dirige Manuel Urbano, un extraordinario aficionado de quien leemos estupendos trabajos. Con directores en Perú y Puerto Rico, se vende también en Ecuador. La revista, muy seria, cuenta con un asesor médico y jurídico y un encargado de arte. En este último aspecto, los dos números recibidos insertan reproducciones de muy bellas pinturas de gallos, y hasta conocemos por los mismos a un artista de la madera, Yonny Brito.
"Pie de Cría" tiene su página web: http://www.piedecria.com/, y quien desee ponerse en contacto con su equipo puede hacerlo a este correo: info@piedecria.com