miércoles, 28 de octubre de 2026

Marín Gómez


Quien quiera saber de la historia y las historias de la gallera de La Espuela en las últimas cuatro décadas, debe dirigirse a la Plaza Militar de la capital tinerfeña, donde Marín Gómez continúa regentando uno de los mejores quioscos chicharreros.

Para el buen conocedor canario, Marín Gómez no necesita presentaciones, pero digamos sucintamente que, miembro de una de las mejores familias de aficionados de Tazacorte, que es la población donde se han mantenido mejor los gallos canarios, y en concreto hijo del gran casteador Manolín Gómez, se estableció a fines de los años 70 en Santa Cruz de Tenerife para formar parte del histórico partido de La Espuela, en el que militó siempre y del que fue incluso directivo y soltador, aparte de haberle suministrado durante muchos años finos gallos que nunca faltaron en las históricas tandas que se enfrentaban al partido del Norte. Hasta hace muy poco, aún bregaba por reabrir la casa de gallos de la Vuelta de los Pájaros, y es con desconsuelo como nos comenta el tris en que hace unos quince años estuvieron de hacer una gallera en Los Campitos, que hubiera resuelto los problemas de la sufrida afición tinerfeña.

Marín Gómez es un admirable conversador, y la media hora que charlo con él las raras veces que bajo a Santa Cruz, sin ninguna dificultad podría convertirse en medio día, lo que me recuerda la vez en que, volviendo en ferry desde Lanzarote, tras un campeonato de Canarias, con Marcos Melián, llegando a Las Palmas le dije: “¿Te has dado cuenta de que llevamos siete horas hablando solo de gallos?”

Por nuestro diálogo pasa la memoria de muchos aficionados entrañables ya fallecidos. A algunos los hemos homenajeado aquí, pero surgen dos nombres que no: Francisco Martín y Vicente Sosa, y por ello les dedico el breve artículo anterior. Ahora, por lo que respecta a Marín, reproduzco una entrevista que le hice para Jornada Deportiva en 1998 y un reportaje aparecido en 2005 en El Día, centrado en su quiosco pero sin que pudieran faltar, por supuesto, los gallos, con la sabrosa anécdota de los que tenía colocados en el propio quiosco y de uno que llegó a tener suelto por los jardines de la plaza. Y antecedo el presente artículo con una foto en que aparece con uno de sus grandes amigos, el llorado Alfredo Martín, con quien tantas veces coincidió no solo en la gallera de La Espuela, sino en una tertulia gallística de aficionados del partido que, siempre improvisada, transcurría cerca de su quiosco.