miércoles, 11 de septiembre de 2013

Puerto de la Cruz, 5 de junio de 1969


Esta fue una jornada de peleas absolutamente extraordinaria, en coincidencia con la celebración del Corpus en el Valle de La Orotava.
Se enfrentaban en el Puerto de la Cruz los dos campeones de la provincia de Tenerife: Pablo Amador (Norte) y Añón León (Tazacorte). Pablo le había ganado tanto a San Cristóbal como a La Espuela, mientras que Añón, con su hermano Maso, había derrotado a Los Llanos, donde cuidaba “Piquito”.
Estas peleas las recuerda perfectamente Totoño, por lo soberbias que fueron. También las debe recordar Felipe Reyes, ya que encabeza la tanda norteña uno de los primeros gallos que se pelearon a su nombre como casteador, cuando aún era un muchacho.
Se congregó numerosísimo público, atraído por la fama de los gallos de Tazacorte y por la espectacular tanda del Norte, cuyos gallos sumaban 9 peleas (en esta temporada, ya que un par de ellos tenían más, de otros años). Por suerte, hay una crónica de “Pica y Bate” en La Tarde que nos permite reconstruir la jornada.
Gana la primera Tazacorte, que de entrada desequilibra al gallo del Norte. Al pelear el gallino de los Hermanos Acosta Gómez muy atravesado, hiere poco y tarda algo en anotarse el triunfo.
En la segunda empata el Norte en muy buena pelea. Desde que los sueltan, se tiran como los gallos buenos, resultando muy malherido con una vena baja el giro. El melado pelea muy bien y tira a dar con las espuelas como los gallos buenos, y acaba rematando. Finos gallos, tanto el giro de Braulio Acosta como el melado de Domingo Hernández Luis, uno de los grandes casteadores del Norte y, como es sabido, padre de Argeo Hernández, que luego se consagraría en Gran Canaria. El melado se hacía con su tercera victoria.
Se adelanta de nuevo Tazacorte en la tercera. Venía mejor este colorado de dos peleas, un gallo nervioso, revoleador y pronto de pico. Domina al giro de Pepe Borges Acevedo, pero el colorado domina siempre, es heridor y no desaprovecha un tiro sin dar con las espuelas. El giro mostró mucha casta.
3-1 para Tazacorte, con el gallo que más dio con las espuelas. Ambos son palmeros, y no se olvide que los fabulosos “cabras” de Luis Machado vienen de un gallo de Mateo Cedrés, aunque no peleado en el Norte sino en la Nueva algunos años después. Herido el naranjo de entrada, ya el giro no lo perdona, tirando con pulso y puntería.
En la siguiente, ocurre lo contrario. Ya en los revuelos es cogido en un ojo el melado palmero. Pierde el equilibrio y lo aprovecha el melado tinerfeño, que tira mucho a dar con las espuelas y se lo quita sin tardanza de delante.
Empata el Norte, y la bolsa lo pone todo al rojo vivo. Segundo gallo de Domingo Hernández Luis con dos riñas, y segundo que gana su tercera. Es un gallo peleador, pronto de pico, brioso y muy heridor. Va colocando a su gusto al melado y, cuando lo enfarola, lo deja dando vueltas de campana.
Pero lo grande aún estaba por llegar. Esta fue la mejor pelea de la temporada en la isla de Tenerife. Aquí cedemos por completo la palabra a “Pica y Bate”:
“Había mucho nervio entre los simpatizantes de ambos partidos, y en la valla, por el Norte, un gallo de primerísima calidad, de esos que se ven de año en año: el giro de 5 riñas de nuestro «silencioso» amigo don Melchor Acosta, de Garachico. Por Tazacorte, un colorado nuevo del conocido casteador don Lope Acosta. Desde que los sueltan hay nervio en ambos animales. Tiran como los grandes gallos. Luego el giro resulta tuerto y el colorado muy malherido. La pelea es un continuo forcejeo de dos buenos gallos. El público está tan emocionado que ante la idea de que de aquella riña dependía el vencedor y ante lo nivelado de la pelea, comienza a dar gritos pidiendo que den tabla. Los nervios invaden el ambiente. Aquellas dos fieras se siguen tirando para quitarse delante, y los soltadores, ante la aprobación del público, se deciden por la tabla, decisión que fue rubricada con una enorme salva de aplausos. Fue sin duda alguna el broche más deportivo que podía poner final a una contienda de dos gallos de calidad”.
Había un espectador que se acordaría de grandes jornadas gallísticas protagonizadas por él: Francisco Dorta. Lo invitaron a subir a la valla, como dice Pica y Bate, “para que también fuera objeto de aquel derroche de entusiasmo y deportividad”.
Una jornada excepcional, pues, y que concluyó con el más merecido resultado: 3-3 y una tabla.